20 de noviembre de 2016

Una infancia sin infancia

Hoy es el Día Internacional del Niño (y la Niña). En 1959 se aprueba la Declaración de los Derechos del Niño (y la Niña), un honorable intento «protector» del colectivo más vulnerable: la infancia

20.11.2016 | 04:15

Hoy es el Día Internacional del Niño (y la Niña). En 1959 se aprueba la Declaración de los Derechos del Niño (y la Niña), un honorable intento «protector» del colectivo más vulnerable: la infancia. El bienestar de nuestros niños -y niñas- ha sido objeto de análisis, reflexión y debate a nivel mundial. La humanidad no podrá considerarse como tal mientras millones de niñas -y niños- sigan siendo explotadas, violadas, maltratadas, excluidas de la educación, privadas de un proyecto de vida feliz, humilladas y humillados por una (des)organización planetaria injusta, inhumana, desigual y marcadamente patriarcal. Quede claro que ésta es una tarea de máxima urgencia, el logro de una infancia feliz, o sea, confortable, igualitaria, justa, digna.

Con todo, desearía centrarme en otra dimensión de esa «protección». Las niñas y niños que crecen en un mundo aparentemente «desarrollado» habitan en una suerte de sociedad enfermiza, también dada a robarles derechos irrenunciables. No pueden reclamarlos, por falta de razón y empoderamiento. El mundo sería otro si los adultos tomásemos en serio sus derechos, a saber: libertad, talentos y todo aquello que brota de la naturaleza, tan deseable, al menos, en los primeros años de nuestra existencia. La calle ya no es territorio de niñas y niños. La escuela, pensada por, para y desde los adultos, domestica y fulmina lo más propio de la infancia, esto es, la creatividad, la ociosidad, la algarabía, la improvisación, el disfrute de la fantasía, la ilusión, la inocencia... Resulta curioso que, mientras el infantilismo apodera la adultez, la sociedad liberal e industrial sacrifica a criaturas inocentes mediante sutiles mecanismos de control. La infancia entendida como un triste espejismo. Nosotros, los civilizados, nos la hemos cargado: la pre-adolescencia llega a edad más temprana, exigiéndoles a las niñas y niños conductas de «adultos» impropias en vistas de su progresión moral. Y me planteo si las jornadas escolares titánicas e industrializadas, póngase por caso, desprotegen a estas criaturas de su derecho a crecer, vivir y respirar en la más absoluta libertad. O ese orden familiar en el que el padre perpetúa estereotipos fríos y viriles, mientras la madre representa la ternura y la comprensión, en una suerte de esquizofrenia educativa tan dramática como la obra que denuncia semejante drama: Amor y pedagogía, del maestro Unamuno.

Ahora que se ha puesto de moda el debate en torno a los deberes escolares, podríamos reconducirlo a otras cuestiones más radicales: ¿Y si abogamos por una escuela menos autoritaria, más humana, en donde las niñas y niños sean aquello que son? Piénsenlo: nada hay de valioso ni natural en que una criatura de cinco años permanezca sentada en un pupitre durante horas. Esto no pasaría el filtro de la normalidad si no fuera porque, como decía, este planeta enfermizo ignora sus propias patologías. ¿Derechos de niños y niñas? Pero, ¿en qué se piensa cuando sacamos a colación este debate? ¿Qué implícitos estructuran este tipo de ideas? ¿La infancia esclavizada? ¿Y qué se entiende como esclavitud? En mi mundo circundante opera una esclavitud consentida, sigilosa, quizá la peor de las esclavitudes posibles. Esa en que robamos la infancia a la propia infancia. Sí, colmada de caprichos, juguetes y móviles de última generación. Un ornamento envenenado, claro. Pero una infancia sin infancia. Reivindicar de nuevo la infancia. Quizá sea una acción positiva, necesaria, si deseamos reconsiderar el mundo en el que vivimos y la herencia cultural que dejamos a nuestras niñas y niños.


Agustín Zaragozá Granell
Profesor de Filosofía

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