21 de noviembre de 2016

LOMCE, esa confusión entre la creencia y el conocimiento

Un sistema educativo, dentro de la OCDE, no debería permitir que una asignatura de religión confesional obtenga el mismo status académico que las asignaturas troncales de bachiller/ESO

21.11.2016 | 04:15

Un sistema educativo, dentro de la OCDE, no debería permitir que una asignatura de religión confesional obtenga el mismo status académico que las asignaturas troncales de bachiller/ESO. La condición de credo no debe otorgar ninguna ventaja académica con la cuál redimir cursos y engorda nota media. Es un absurdo anacronismo que un sistema educativo tolere alumnos "salvados" por su creencia.
Adoctrinar no es impartir conocimientos, es influir en la conciencia y la moralidad del alumnado. La fe religiosa es una actitud de compromiso hacia una determinada doctrina e inmersa en una parte muy subjetiva de la persona -la espiritualidad-, un estado muy ajeno a la objetividad del conocimiento y la razón. Toda creencia religiosa está sujeta a la conciencia y la convicción personal, por ello, todo credo confesional ha de quedar excluido del currículo académico evaluable. La fe pertenece al plano personal, privativo, familiar y eclesial. Exponer en el aula el «misterio de la Santísima Trinidad» jamás puede ser conocimiento académico evaluable por ser unas suposiciones idealizadas desde la fe y amparadas por el dogma. ¿Por qué la subjetividad de "creer" ha de ostentar el mismo mérito académico que la objetividad de las matemáticas, la química o la termodinámica?. Puestos a ensalzar las creencias, impartamos astrología en las aulas.

Esta privilegiada concesión de la LOMCE (8/2013, Ley Orgánica para la Mejora de la Calidad Educativa), actualmente paralizada y tan condescendiente con la asignatura de Religión católica, nos ha retrotraído a la Europa del Medievo: «La fe por encima de la razón». Donde el alumnado se ve seducido a escoger las bondades de esta asignatura "maría" por: aprobar sólo con la asistencia, de poquísimas horas lectivas y por su facilidad en lograr excelente nota para, así, amañar el curso y engordar nota media de corte para el acceso universitario (PAU). Pervertimos al alumnado y al propio sistema educativo, y una religión convertida en el mercadeo más rentista.
A ningún alumno se le obliga a que comulgue con las tesis de Marx, de Nietzsche o con los postulados ateístas de Stephen Hawking pero tales tesis resultan tangibles y contrastables, son razonamientos exentos de adoctrinaje que se mueven en lo observacional y experimental y son fruto de nuestro pensamiento evolutivo y, nos gusten o no, son postulados teórico-filosóficos a impartir y evaluar en las aulas. Cosa muy distinta son los credos y sus teologías que conllevan un adoctrinamiento, cuyas nociones son intangibles, incontrastables y que no admiten experimentación. No recuerdo qué filósofo expresó: «Al final las teologías no son más que una cascada de suposiciones apuntalada por dogmas». Unos juicios que revelan mucha anfibología, donde un mismo versículo bíblico obtiene interpretaciones muy distintas según los diferentes credos judeocristianos. ¿Te imaginas una ciencia gobernada por el dogma y no sometida al método ni a la experimentación?.

El conocimiento científico avanza gracias a estar expuesto al libre examen. Las creencias religiosas, sus teologías y sus revelaciones sólo pueden ser asimiladas desde la fe, campo exento a la razón, ya que no son conocimiento contrastable ni falsable. Los credos no entran al laboratorio, sus dogmas rehúyen el debate y las preguntas incomodas. Pretender homologar la creencia como conocimiento académico evaluable, es un radical fundamentalismo.

Tal concesión, para preeminencia y hegemonía de un único credo, viola la aconfesionalidad del Estado. En la LOMCE, la asignatura de confesión católica quedó blindada como oferta obligatoria para todos los centros de Primaria/ESO, sí o sí todo centro ha de ofertarla y evaluarla. En desventaja de su otra optativa "Valores éticos" y sin la competencia de las otras religiones cristianas que se profesan en nuestro país, mostrando así su arrogante posición dominante.

Como cristiano siento vergüenza que los prelados católicos estén más preocupados por la supremacía de su credo que por dignificar la fe. Las injerencias del lobby católico presionando al legislador a que legisle en favor de una determinada doctrina, responde al fanatismo por mantener su poder de influencia. Me pregunto por qué los prelados de la Conferencia Episcopal Española -grandes valedores de la familia- no intervinieron, con el mismo afán político, en la defensa de una nueva ley hipotecaria que amparase a los más desfavorecidos.

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