27 de noviembre de 2016

Postergados y postergandos

27.11.2016 | 01:10
Postergados y postergandos

Compro por la cantidad simbólica de un euro Sexta galería, de Martín Vigil. Es un ejemplar editado en 1994 que parece de hoy, según está de nuevo. Probablemente lo han encontrado en alguna caja que fue precintada cuatro lustros; y seguramente ha salido, al abrirla, el aire antiguo, el miasma hirsuto de la tinta en el papel, intacto como la bocanada milenaria de las cámaras faraónicas. Luego han puesto un precio acorde a la sorprendente postergación del autor y allí ha quedado, como pacotilla literaria, como ganga entre gangas y lomo entre lomos. Tan fuera de lugar estaba que incluso he pensado en una treta sutil de la librería, en un ardid comercial para destacar el volumen a los ojos de los conocedores de Vigil. Pero no.

El euro maldito lo confirma como libro de saldo, como inexplicable baratija bibliográfica. Inexplicable porque las novelas de Vigil, aunque no suelen figurar en los manuales académicos, están entre las mejores de la literatura española. Y porque Vigil, que murió el 20 de febrero de 2011 sin alharacas informativas, es el escritor que más libros ha vendido en este país. Un caso notable de anomalía cultural que, sin embargo, se da entre nosotros con relativa frecuencia. Véase por ejemplo el caso de Mor de Fuentes, que dejó este mundo en 1848 acogido a la compasión de un sastre cuando había escrito el Bosquejillo, autobiografía originalísima, y La serafina, excelente novela; o el del neoclásico Torres Villarroel, que con su Barca de Aqueronte, sus Visiones y visitas o su Vida superó al mismísimo Quevedo. Son escritores misteriosamente preteridos, extrañamente discriminados: excluidos. Martín Vigil también lo es. Y le seguirán otros. No se sabe la razón, pero quizá sea tan simple como haberse atrevido a nadar contra corriente. Aquí la izquierda se arroga la verdad intelectual y la masa rebelada se lo permite. Aquí el prejuicio sienta cátedra, con lo que resulta bastante fácil dibujar el perfil del «postergando». Manuel de Prada, prodigioso articulista que no disimula su catolicidad, ya se habrá intuido fuera de la historia «oficial» de nuestras letras.

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