17 de febrero de 2017
17.02.2017

Esclavos

17.02.2017 | 00:47
Esclavos

Igual piensa usted que la esclavitud acabó hace siglos. O quizá piensa que sigue habiéndola, pero encapsulada en marginalidades y sordideces, en abyectas burbujas de ilegalidad, en las afueras de la civilización; que los clubs de alterne, los campos de trabajo infantil o los contratos basura son los últimos reductos del esclavismo. Eso es porque asocia usted la esclavitud con la fuerza bruta; porque imagina que hacer un esclavo es agarrar un ser humano, darle una somanta de palos y uncirlo para que tire de un carro, haga girar una noria o reme como un descosido bajo una lluvia de azotes; porque circunscribe usted la esclavitud a semejantes coyunturas, muy distintas y apartadas de la suya; porque tiene usted una visión incompleta de la realidad. Incompleta porque si bien es cierto que la esclavitud, en su forma «tradicional», sigue practicándose, no lo es menos que proliferan a su alrededor numerosas variedades que amplían el concepto de manera inusitada.
La esclavitud superó hace tiempo la barrera de la violencia y se desparrama hoy entre la gente con tal suavidad que millones de personas han caído en ella sin darse cuenta. Los esclavistas no usan ya lazos de cuerda ni grilletes de hierro; ahora cazan con cepos de aburrimiento, anzuelos de voyeurismo y ganchos de pobreza intelectual, que no dañan la carne sino el espíritu. Así logran esclavos de aspecto lozano y atractivo para el cliente. Usted los habrá visto: galeotes rollizos que bogan sin descanso encadenados al banco de una pantalla; ilotas de apariencia saludable que penan amarrados al poste de las modas; forzados lustrosos que cargan ideas ajenas y las transportan de un sitio a otro defendiéndolas como si les pertenecieran; reos de utopía que corren desalados tras la juventud perdida; catavenenos embaulando ponzoñas a carcajada limpia; rozagantes gladiadores del disimulo y la corrección política dándose a base de bien con la malla de la hipocresía y el tridente del interés; sonrosados cautivos del hedonismo perdiendo la vista entre asquerosas renglonaduras y tasajos de papel couché.
Son esclavos nuevos; esclavos que no lo parecen, aunque los llevan en la misma traílla y con el mismo infortunio y descalabro de siempre.

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