24 de marzo de 2017
24.03.2017

La sinrazón de un impostor

24.03.2017 | 04:15

A los cuatro años de su elección como obispo de Roma y pontífice de la Iglesia católica, Francisco ha cosechado todas las máscaras imaginables y los ataques arbitrarios e irracionales de los conservadores; se desencadenaron abiertamente tras afirmar que él «nunca había sido conservador», atreverse a «descalificar al capitalismo como un sistema injusto» y desear «una Iglesia pobre para con los pobres». Rubén Amón, brillante e inteligente articulista de El País, en su sección de opiniones, ofrecía un artículo con el título «¿Y si Francisco fuera un impostor?» En el que muestra las resistencias y rechazos que le suscita Francisco. Le atribuye el oficio de «impostor», sustentado sobre el incumplimiento de su cargo; de «prestidigitador», en una sociedad crédula y sensiblera; «papulista» por ser la suya una revolución de las formas y apariencias; «cosmético» por no abordar las trasformaciones de fondo, y «telepredicador» a causa de su excesivo carisma en la comunicación. Nos preguntamos si estas expresiones poseen algún significado real y objetivo, o responden a una época que el autor llama de «percepciones y sensaciones» frente al tiempo de las verdades.

Las dudas, reproches y sospechas que a Rubén Amón le merece Francisco no deberían ignorarse no sólo porque están formuladas correcta e inteligentemente, sino también porque muestran la conciencia colectiva ampliamente extendida entre sectores ilustrados y pensadores progresistas, más allá de la condición atea o creyente. Muestra que la oposición a Francisco no se cultiva únicamente entre los conservadores, aunque se acompañen de más ruido; quizá sirva para despertar del sueño progresista que llevó a algunos a creer en el carácter inevitable e irreversible de las reformas eclesiales, más bien se abren paso con muchas dificultades y mayores problemas. Es ingenuo pensar que la historia está de parte del cambio, un espejismo que se puede convertir en catástrofe, si llegan a hacer un frente común las retóricas reaccionarias y las progresistas, sólo en apariencia opuestas.

Los alegatos contra Francisco se apoyan en algunos mantras del pensamiento progresista que no son susceptibles de comprobación. El primer mantra consiste en afirmar que Francisco «cambia algo para no cambiar nada». En su primera exhortación programática, «La alegría del evangelio», explicó lo que entendía por el cambio posible y necesario y, sin engaños ni encubrimientos, presentó los principios que iban a regir su actuación. Afirmó que «el tiempo es superior al espacio» para indicar que los cambios son procesos, que se inician y no tanto espacios que se conquistan. De modo que inauguraba unas transformaciones en onda larga y en perspectiva procesual. A nadie se le ocurre decir que la transición española no cambió nada porque no trajo de golpe la democracia plena, ni acabó con las prácticas y prejuicios franquistas. Si a los 50 años de la muerte del General nadie está seguro que se hayan superado sus huellas ni eliminado sus marcas, ¿por qué exigirlo tras cuatro años de «legislatura»?

Un segundo mantra, muy propio de las retóricas progresistas consiste en sostener que «o se cambia todo o ningún cambio, para nada». Lo cual, en este caso concreto, significa que mientras no exista la comunión de los divorciados, derechos de los homosexuales, reconocimiento de la mujer o tolerancia normativa con el aborto, todo sigue igual en la Iglesia. No cabe duda que se podía empezar por la moral y las costumbres y sería inexcusable que –más bien pronto que tarde– no se acometan. Francisco entendió legítimamente que el tamaño de la reconstrucción de la Iglesia tras la dimisión de su predecesor –por primera vez en la historia– era de tal calado que había que remover los cimientos, sensibilidades e imaginarios colectivos en línea con la tarea interrumpida del Concilio Vaticano II y con materiales propios de un tiempo que es también capaz de evangelizar y ser evangelizado. A un enfermo terminal, que le fallan las constantes vitales, no se le debe preguntar por el colesterol, dice gráficamente Francisco al ser interrogado por las cuestiones morales que preocupan al articulista: el divorcio, la homosexualidad, el aborto. Lo previo, a lo que le ha dedicado su empeño mayor, consiste en declarar itinerante al pueblo cristiano y a las iglesias en permanente reforma. Solo si el cristianismo descubre la dimensión histórica de la fe y el valor de los signos del tiempo para hacer contemporáneo el Evangelio de Jesús podrán legitimarse las reformas.

El articulista tiene dificultades para entender la naturaleza histórica de la Iglesia a la que le atribuye que «sus leyes están escritas en piedra». Sin cambiar el imaginario colectivo se impide todas las reformas propuestas por Francisco y con razón «no rebasarían las insinuaciones y la cosmética». Por el contrario, incorporar la historia a la comprensión del evangelio explica ese elemento retardatario de una institución milenaria que ha crecido en los últimos siglos de manera auto-referencial con déficit de escucha.

Un tercer mantra, que comparten progresistas y reaccionarios, consiste en identificar erróneamente el poder con la fuerza, el privilegio con la gloria, el primado con la ostentación. Esta confusión está tan arraigada en el imaginario colectivo que se postula sin ningún tipo de prueba convincente que la seguridad se construye con medios militares, las migraciones se controlan con la marina de guerra. A Rubén Amón no le gusta que Francisco haya decidido «hacerse hombre» porque ello «sacrifica el primado» y «deteriora su poder sagrado». Tiene razón si no fuera porque Francisco pretende «renovarse desde la frescura original del Evangelio», «vivir el Evangelio sin glosa, sin comentario». Considerarse un pecador falible necesitado de la misericordia de Dios chirría a una cierta forma de entender el poder sagrado, que no se ha liberado de la representación histórica de un Papa justiciero, distante en tiara y silla gestatoria. Sin embargo, es una consecuencia coherente de someterse a una ola evangélica, que en sus orígenes tiene a cuatro pescadores. Son conocidas las prácticas franciscanas –reales y simbólicas– llamadas a trasformar el uso del poder en la Iglesia, en franca oposición a jerarcas que construyen pisos ostentosos y viven como príncipes. En ningún caso podía sospechar que este reproche viniera de una sensibilidad progresista. La cultura posmoderna no ha soportado con gusto la renuncia al espectáculo de mitras y ornamentos, rojos y morados, tiaras y sillas gestatorias. El articulista no soporta bien «un papa cercano, próximo, al que se le puede tutear» que hace tambalear al Pontifex maximus.

La sensibilidad progresista se ha habituado erróneamente a vincular los cambios con la producción de ley y reglamentos; y creer que sólo los cambios legislativos producen buenos resultados. Y de este modo se ha creído que basta legislar para superar la violencia de género, o es suficiente un nuevo reglamento para reducir los accidentes de tráfico; mientras tanto, crecen los asesinatos a mujeres y las muertes en carretera. Este espejismo le reprocha a Francisco que renuncie a la vía autoritaria e impositiva, y posponga la vía del Derecho Canónico a la vía de la convicción, del diálogo, de la tolerancia y de la misericordia, cuyo tiempo no sólo es largo, sino que requiere de la cooperación y participación de múltiples y variados actores. Son conocidos los esfuerzos de Francisco en promover la colegialidad de los obispos, y promover la descentralización de la Iglesia e implicar a todo el pueblo de Dios a acometer los desafíos que superan con creces a un pontífice. Basta observar las recientes elecciones en la Conferencia Episcopal Española para constatar que el diseño de Francisco no ha calado en muchos dirigentes; más bien triunfan la disonancia intelectual y afectiva con él. El propio Francisco es consciente de esta realidad y ha sido capaz de identificar en su reciente discurso a la Curia Romana «resistencias maliciosas» pero sobre el «gatopardismo espiritual» que esperan que todo esto pase como una enfermedad estacional. Lo que está en juego no sólo es la acogida y recepción de las grandes líneas de su magisterio sino la conversión al Evangelio, que es la propuesta de Francisco. Mientras esta deslealtad exista, tendrá razón Ramón Amón al considerar cosméticos los cambio promovidos por Francisco. Pero esto no se le puede imputar al papa, sino que corresponde a todo el pueblo de Dios acometer los desafíos actuales.

Rubén Amón reprocha a Francisco mostrar más simpatías por Cristo que por Dios. Creo que acierta en su diagnóstico pero sería interesante mostrar lo que supone. Ciertamente, Francisco sólo está legitimado magisterialmente para hablar del Dios manifestado en Cristo. Y de este modo se favorecen dos consecuencias de largo alcance; en primer lugar, se abre la posibilidad misma de inaugurar el encuentro entre religiones, ya que junto a la vía cristiana de acceder a Dios –ni única ni excluyente– se reconocen múltiples y plurales vías legítimas de acceso religioso a Dios, propio de las religiones del mundo. Y, en segundo lugar, Francisco se distancia del uso instrumental de la religión y de las funciones sociales que tradicionalmente se le han atribuido, más interesadas por mantener el orden que por la justicia, más la insuficiencia humana que la alegría del evangelio. Me lo recordaba mi amigo de estricta ortodoxia católica al reconocer que dejó de interesarse por el papa cuando empezó a hablar de economía en lugar de hablar de Dios. Mi amigo buscaba un Dios invisible e indoloro y Francisco le ofrecía un Dios comprometido con el sufrimiento humano.

El autor se siente comprensivo ante el desconcierto que causa Francisco en los católicos «ortodoxos» (sic) pero olvida la gran liberación que causa en la gente corriente que por fin dice «a este Papa lo entiendo y me interesa cuando nombra a los migrantes o invita a abrir las casa y bienes de la Iglesia a los refugiados». Ignora igualmente el interés que suscita en ciertos medios tradicionalmente hostiles a la Iglesia, sobre todo la ampliación de la base social de la Iglesia hacia las periferias, tradicionalmente indiferentes. Para quién es Francisco un impostor. Que la Iglesia católica recupere su conversión misionera y abra sus muros defrauda sólo a aquellos que la consideraban territorio comanche de su propiedad y sufren el síndrome del hermano mayor del evangelio que no celebra el retorno del hijo menor. También lo pueden considerar impostor quienes consideran que el estado natural de la sociedad es el laicismo y no consiente que ese espacio ocupado solamente por propuestas laicistas despierten interés y se sientan amenazados. Los amos del mundo se sienten defraudados por todos aquellos que se posicionan críticamente ante el capitalismo, reclama la centralidad de los pobres y procura por el cuidado de la tierra. En lugar de la alegría evangélica que produce saber que algo se mueve, el artículo se cierra con una afirmación que marca la índole del argumentario. «Francisco es el papa de Podemos, de Maduro y de Kirchner, una correlación bolivariana de la Iglesia». ¡Acabáramos! Por fin se ha entendido algo.

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