04 de junio de 2017
04.06.2017

La cortina de humo que precede al incendio

04.06.2017 | 04:15
La cortina de humo que precede al incendio

Recientemente, la consellera de Agricultura, Medi Ambient, Canvi Climàtic i Desenvolupament Rural, Elena Cebrián, establecía una relación entre las pretéritas repoblaciones con especies de pino y los incendios forestales, al tiempo que hablaba de la necesidad de la repoblación con «especies autóctonas», con mayor «resiliencia» al fuego. No puedo dejar pasar esta ocasión para poner de relieve las diversas falacias que encierran estas palabras y aprovecharé para hacer una reflexión sobre la situación actual de la política forestal en nuestra Comunitat, que es el problema de fondo a resolver.

Más allá de la demagogia o el desconocimiento, no se entiende porqué sacar a la palestra las repoblaciones forestales, mayoritariamente realizadas hace más de 60 años, principalmente en montes públicos y que son el origen de una parte ínfima de nuestros pinares, que en más de un 90 % son de origen natural y de los que nadie en el mundo científico pone en duda su autoctonía. Centrar el debate en ello o en disquisiciones sobre el carácter autóctono de los pinos o en su supuesta mayor facilidad para provocar incendios no es más que desviar la atención más allá del problema de fondo que afecta a nuestros espacios forestales y rurales.

Para buscar alternativas de acción política forestal que sean social, ambiental y económicamente viables, se debe hacer un esfuerzo y comenzar atinando el diagnóstico. El aumento de los grandes incendios forestales es una consecuencia directa de la actual acumulación de biomasa forestal, nunca antes conocida, derivada a su vez de la ausencia de gestión, por el abandono de los espacios agroforestales y la despoblación interior y también por la actual fobia del equipo que dirige la consellera a toda gestión forestal basada en criterios técnico-científicos y no ideológicos. El problema de la desagrarización y del declive poblacional de las zonas de interior y de las actividades agroforestales, producido durante la segunda mitad del siglo XX, ha venido para quedarse. Y según todas las fuentes y estadísticas, en este momento tenemos la mayor acumulación de bosque y biomasa forestal desde hace siglos.

Si consideramos esta situación, parece que la consellera parte del punto equivocado. Partiendo del hecho irrefutable de que el bosque está aumentando y aceptando que lo sigue haciendo de forma natural y por cierto bastante rápida, principalmente a través de pinos autóctonos no procedentes de repoblación (y también de frondosas) y en un contexto de limitaciones presupuestarias, la prioridad pública no debería ir dirigida a la repoblación forestal, por muy autóctona que sea. Con estos planteamientos se repiten errores del pasado reciente, como el Plan 40.000 de los años 2000. Unas repoblaciones con un coste de casi 100 millones de euros que no fueron capaces de generar puestos de trabajo más allá de su propia ejecución, ni un ciclo económico que ayudase precisamente a mantener las actividades en nuestro interior despoblado, que debería convertirse en el objetivo central de nuestra política territorial y forestal. 

Es más que evidente la gran capacidad de regenerar espontáneamente que tiene el monte mediterráneo, incluso tras eventos catastróficos. Por ello no necesitamos invertir en repoblaciones, sino en gestionar de manera adecuada los recursos forestales para que, capitalizándose de manera ordenada, además de prevenir catástrofes, puedan cumplir mejor sus funciones económicas, ecológicas y sociales. Consolidemos y mejoremos nuestros espacios forestales. Invirtamos en crear masas menos susceptibles a los incendios. Reforcemos la cadena de valor monte-industria con el fin de asegurar empleo y actividad económica estable en el medio rural. Apostemos por un esquema de mayor simplicidad administrativa en el que no se criminalice la gestión forestal capaz de vertebrar el territorio. Reequilibremos la descompensación presupuestaria entre prevención y extinción en incendios forestales. Basemos nuestra gestión en unos criterios técnicos apoyados en una planificación forestal liberada de ideologías y trasnochados sectarismos urbanitas.

La interpretación sesgada de la realidad deriva en inactividad –o lo que es peor, en actuaciones inconexas de tipo testimonial carentes de sentido– que junto con la incontinencia normativa, la falta de liderazgo político y una mal enfocada y casi única política de protección de espacios naturales, genera un efecto puntilla sobre la tímida actividad económica primaria que todavía persiste en las zonas rurales. La política forestal valenciana necesita de una visión estratégica de conjunto basada en los múltiples servicios ambientales renovables que nuestros montes son capaces de ofrecer, sin menospreciar aquellos relacionados con el aprovechamiento sostenible de los recursos naturales. En nuestra diversidad forestal tenemos todo lo necesario para mejorar nuestro bienestar. No podemos seguir anclados en visiones que bloqueen el desarrollo de nuestro potencial forestal, o lo pagaremos muy caro. 

Nuestra obligación es entender esa importancia estratégica y ponerla en la primera línea de las prioridades políticas. A nuestros representantes políticos, cabría pedirles la valentía de afrontar una situación estructural que ha venido para quedarse y que ya podemos decir que va a ser una de las cuestiones fundamentales en la gestión de nuestro territorio en el siglo XXI.

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