08 de junio de 2017
08.06.2017

Marzà, ¿Séneca o Maquiavelo?

08.06.2017 | 01:34
Marzà, ¿Séneca o Maquiavelo?

En la encrucijada entre Séneca y Maquiavelo, el conseller de Educación se halla frente a un espejo. De su compromiso político depende la imagen que acabe por reflejarse en él y que terminará mostrándonos. Esa imagen valdrá más que las muchas palabras.

En sus cartas a Lucilio, Séneca acuñó la hermosa expresión de un ideal: «Sea ésta la regla de nuestra vida: decir lo que sentimos, sentir lo que decimos. En suma, que la palabra vaya de acuerdo con los hechos». Más de catorce siglos después y en su obra El príncipe, Maquiavelo imprimía una vuelta de tuerca a esa regla: puesto que los hombres no suelen cumplir su palabra, el gobernante podrá contradecirla si eso le beneficia.
Una política errática ha conducido al sistema educativo a una emergencia social; de ella forma parte relevante la asignatura de Filosofía. Acreditada por una historia milenaria, la reflexión filosófica ha contribuido de manera eminente a la formación de millones de personas; y si es cierto que todos, antes o después, nos planteamos preguntas de cariz filosófico, también lo es que hacerlo trasluce lo más propio del homo sapiens. La filosofía es escuela de reflexión, es servicio en orden a la libertad; así lo ha reconocido la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), que le ha reconocido un papel fundamental en los sistemas educativos de todo el mundo.

Mi experiencia personal me convierte en deudor de esa historia y de ese servicio, al cual he querido dedicarme. Poder hacerlo en la Facultad de Filosofía y Ciencias de la Educación de la Universitat de València es un honor. Constatar la entrega de los profesores y las profesoras, la implicación de los y las estudiantes, el modo en que todos –docentes y discentes, personal de administración y servicios– contribuyen al objetivo común, es para mí un espectáculo magnífico y edificante por el que me siento muy agradecido. Observar el entusiasmo por la filosofía que han sabido prender en los jóvenes sus profesores y profesoras en ESO y Bachillerato, comprobar el excelente trabajo que han llevado a cabo con ellos, hace que tomar parte en esta gozosa cadena educativa constituya para mí un membrete de orgullo.

El pasado 16 de abril, la comisión de Educación de las Corts valencianas aprobó por unanimidad una Proposición no de ley en la que se urgía a la conselleria a reformar el currículo para que la Filosofía sea obligatoria en cuarto curso de ESO y se introduzca la Historia de la Filosofía en 2º de Bachillerato. Con dicha medida, promovida por el diputado de Podemos Antonio Estañ, se combatiría eficazmente la insensata defenestración de las asignaturas filosóficas obrada por la Lomce.

Al día siguiente, el conseller Vicent Marzà anunciaba que la conselleria estaba trabajando en un nuevo decreto de currículo de Secundaria por cuyo medio se podría «blindar los conocimientos en Bachillerato», teniendo en cuenta que «una de las reivindicaciones que se hacen desde hace mucho tiempo es el caso de la Filosofía». Fuimos muchos los que sentimos un íntimo orgullo por trabajar en la Comunitat Valenciana –mi querida tierra de adopción– que daba tal espaldarazo a la presencia de la Filosofía en el sistema educativo.

Todo eso ha quedado en agua de borrajas. A instancias de la Asamblea de profesores de Filosofía de la Comunitat, la Secretaría Autonómica de Educación, dirigida por Miquel Soler, ha informado –y así lo ha recogido este diario– de que la reforma del currículum no está ni de lejos lista (pese a que se ha contado con más de dos meses para trabajar en ella). No entrará en vigor, en su caso, hasta el año académico 2018-2019. Y, sin embargo, el director general de Política Educativa, Jaume Fullana, había comunicado a la Asamblea que el nuevo decreto –en el que se decía trabajar desde julio de 2016– estaba ya listo y que incluía «la obligatoriedad para todos los alumnos de la Filosofía en 4º de ESO [ahora es optativa] y la Historia de la Filosofía como específica de obligatoria elección en 2º de Bachillerato» (Levante-EMV del pasado 31 de mayo).

¿Qué está sucediendo? ¿Cuáles son los objetivos que subyacen a este cambio de estrategia, que contradice tan a las claras la palabra dada? Sean cuales fueren, no se compadecen con la transparencia que buscamos los que hemos votado a un gobierno progresista. Envían un perturbador mensaje a los ciudadanos: poco importa atenerse a lo prometido cuando se dispone de las herramientas del poder. Y sientan un peligroso precedente para la política del Gobierno valenciano, un precedente que nos retrotrae a épocas pasadas, ésas que se pretendía haber superado a favor de la transparencia.
Espero y deseo que los implicados tengan el sentido común preciso para rectificar. Hacerlo es de sabios y les dignificará. Lo espero por el bien de los y las estudiantes en nuestra Comunitat: la filosofía es escuela de reflexión y de libertad, ambas tan necesarias en un entorno global que plantea desafíos históricos. Lo espero por el futuro de nuestro sistema educativo, que requiere de pactos unánimes como el adoptado por la Comisión de Educación de Les Corts. Lo espero por la salud de nuestras instituciones políticas, en cuya renovación democrática hemos puesto tantas esperanzas.
En la encrucijada entre Séneca y Maquiavelo, el conseller de Educación se halla frente a un espejo. De su compromiso político depende la imagen que acabe por reflejarse en él y que terminará mostrándonos. Esa imagen valdrá más que las muchas palabras. Los que nos sentamos en la escuela de la filosofía –donde todos somos siempre estudiantes– mantendremos nuestro compromiso con la reflexión y la libertad.

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