¿Se equivoca Greenpeace?

Yo no dudo de las buenas intenciones de Greenpeace y de organizaciones que se oponen a las modificaciones genéticas de los alimentos; pero mi formación científica me inclina a respetar las opiniones de personas que han dedicado su vida a la investigación

15.06.2017 | 04:15
¿Se equivoca Greenpeace?

Soy consciente de que este artículo va contracorriente, y de que estaría más guapo callado; pero considero necesario aportar algunos argumentos en defensa de lo que  debería ser un debate reposado sobre un asunto, el de los GMO, los alimentos transgénicos para entendernos, de cuya aceptación o rechazo por las autoridades puede depender la vida de cientos de millones de personas en un futuro inmediato.Reconozco sentir simpatía por una organización como Greenpeace, y respeto por su activismo antinuclear y en defensa del medio ambiente. Y sentiría que este escrito se viera como un ataque indiscriminado a la organización. Pero en su oposición radical a la producción y el consumo de alimentos modificados genéticamente tengo la impresión de que se empeña en ignorar demasiadas evidencias científicas que deberían ser objeto de discusión, prefiriendo a cambio otro tipo de acciones, mayormente publicitarias, con las que generar alarma entre la población, y cuyo objetivo es evitar que los políticos se atrevan a analizar el fundamento de las discrepancias, por temor a tener que adoptar decisiones que les lleven a enfrentarse con sus electores.

En un mundo en el que el líder de la nación más poderosa se permite acusar sin pruebas hasta a sus colaboradores más próximos, no es difícil condicionar la opinión pública utilizando únicamente los argumentos que favorezcan nuestras opiniones. Y en estos tiempos de crisis económica y de valores, cuesta poco convencer a la gente de que quien aún no se ha vendido es porque todavía no le han puesto delante la pasta suficiente. Habiendo dejado muy atrás la edad de la inocencia, a mí no me cabe duda de que golfos y venales los hay en todo el mundo, y basta para comprobarlo escuchar o leer las noticias que aparecen diariamente en nuestros medios. Pero más peligroso que ignorar esta realidad es poner a todo el mundo en el mismo saco con el objetivo de descalificar a quien opina de forma distinta, sin aceptar contrastar datos objetivos.

Debo decir que lo que me ha hecho pasar de la curiosidad al interés por la genética de los alimentos fue escuchar al Dr. Roger Kornberg, Nobel en Química y jurado con otros quince laureados de los Premios Jaime I, que un grupo importante de científicos se había planteado demandar a Greenpeace ante el TPI, el Tribunal Penal Internacional, por crímenes contra la humanidad. Y basaba esta posibilidad en dos argumentos básicos: que no hay ninguna evidencia científica que avale la peligrosidad de los alimentos modificados genéticamente a través de procesos dirigidos, (en contraste con los que se producen de modo espontáneo en la naturaleza), y que, sin la utilización de semillas modificadas, las hambrunas y las avitaminosis serán imparables en las zonas más vulnerables del planeta, provocando en consecuencia millones y millones de muertes. Y más tarde, el Dr. Richard Roberts, Nobel en Medicina, no sólo confirmó estas afirmaciones, sino que insistió en que para ciertos países la medicina más necesaria ya es hoy la alimentación, y que los GMO son la respuesta a este reto. No me es posible extenderme en las razones que, según estos dos científicos, avalan la inocuidad para la salud de los alimentos modificados genéticamente. Para quien esté interesado en profundizar en la materia incluyo el link con la página web donde encontrará amplia información al respecto. Solamente aportaré un argumento fácil de comprender: ¿qué es preferible para proteger una cosecha frente a las plagas, regar los frutos con pesticidas que luego serán muy difíciles de eliminar y que en cierta medida acabaremos ingiriendo, o introducir un gen que modifique mínimamente el ADN del producto y que le permita desarrollar su propia defensa frente a esa plaga?

Yo no dudo de las buenas intenciones de Greenpeace y de otras organizaciones que se oponen a las modificaciones genéticas de los alimentos; pero mi formación científica, aunque ya casi olvidada, me inclina a respetar las opiniones de personalidades que han dedicado su vida a la investigación y al desarrollo de las ciencias desde distintos ámbitos, sobre todo la Bioquímica y la Medicina, como los más de ciento veinte, ¡120!,  premios Nobel que han firmado una carta donde se insiste en la inocuidad para la salud de los alimentos mal llamados transgénicos, y la conveniencia de levantar cualquier restricción a su producción y consumo. A esta propuesta hay que añadir una larga lista de instituciones que, desde sus respectivos ámbitos de conocimiento y responsabilidad, también han apoyado el levantamiento de cualquier limitación, como es el caso de las Academias de Ciencias de los EEUU; Brasil; China; India; México; del Tercer Mundo, y la Royal Society de Londres; de organismos federales norteamericanos en los ámbitos de la Agricultura; la Protección Medioambiental, y de la Investigación; de las autoridades en seguridad alimentaria en EEUU, (FDA), y en Europa, (EFSA), y de organismos mundiales, como la FAO, o la Organización Mundial para la Salud.

Asumo que estas palabras no van a cambiar la actitud de quienes han convertido  la oposición a los GMO en una cruzada. Pero no estaría de más que, si no ellos al menos los políticos si es que queda alguno que mire más allá de las próximas elecciones,  consideraran las nefastas consecuencias que trajeron consigo las Cruzadas medievales para millones de personas de las tres religiones monoteístas. Por ello termino como empecé: reclamando un debate al máximo nivel basado en datos y evidencias por ambas partes, que permita adoptar decisiones políticas y romper el círculo vicioso en que este asunto nos tiene encerrados, especialmente en la UE.

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