El arte de dar la murga

16.06.2017 | 04:15

Parece que está de moda decir que la Comunitat Valenciana está políticamente en el camino de la insignificancia. Ciertamente es verdad pero la cosa viene de lejos. Que uno recuerde, y ya son muchos años, desde la riada de 1957 pasando por el famoso sello del Plan Sur hasta los primeros gobiernos de la Transición, Suárez, González, Aznar, Rodríguez Zapatero y ahora Rajoy, no hemos parado de quejarnos por el maltrato de Madrid. Cuando no por el retraso en el AVE, por el Corredor Mediterráneo, el Corredor Cantábrico, por la conexión ferroviaria con Canfranc, las deudas de la Copa América, la dotación a la Empresa Municipal de Transportes de la tercera capital de España, agravios comparativos, agravios variados que se unieron a un despilfarro sin freno de las administraciones autonómicas y ayuntamientos con sus respectivas empresas públicas, fundaciones y demás inventos improductivos. Valencia, a fuerza de quejarse, destrozó en el camino la Caja de Ahorros de Valencia, la del Mediterráneo, el Banco de Valencia, Feria Valencia, la Sociedad de Garantías Recíprocas y hasta el Valencia CF tiene dificultades de supervivencia financiera con un estadio sin terminar que iba a ser la gloria de una ciudad y de un equipo. Y seguimos escuchando que Madrid no nos quiere.

Vemos la condescendencia con los vascos, con los canarios, con Madrid nunca hay caso, y esperamos la solución del conflicto catalán que, ya anticipó Rajoy, irá acompañado de una buena cantidad de millones. Y seguimos con el lloro y el agravio.

Y llegados aquí surge una pregunta. En el Congreso de los Diputados son 32 los diputados valencianos. ¿Cómo es posible que vascos, canarios y más tarde catalanes obtengan lo que obtienen de los Presupuestos Generales del Estado con bastante menos representación parlamentaria que los valencianos? Todos los que lloran y permanentemente se quejan de los agravios conocen perfectamente cuál es el camino para que la Comunitat Valenciana salga de la insignificancia política. Lo saben desde hace muchos años y no paran de darnos la murga. La misma monserga de siempre.

No es precisamente el hombre o la mujer que trabaja por cuenta ajena y vive con el decoro y la dignidad que la situación le permite quien ha de enarbolar la bandera del cambio. Dejen de repetir el sonsonete y pónganse a la labor de cambiar la situación si es que se puede cambiar. Y si no se puede, pues se dice claramente y ya sabemos lo que nos toca. Ponernos en el pelotón y aplaudir a los tres del podio. Pero por lo menos descansaremos de oír siempre la misma murga.

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