01 de julio de 2017
01.07.2017

El abandono del mundo rural y los incendios forestales

01.07.2017 | 00:38
El abandono del mundo rural y los incendios forestales

Al ver la Sierra Calderona de nuevo en llamas, me viene a la memoria el terrible incendio forestal de Cortes de Pallás y Andilla, de hace unos años, que convirtió alrededor de 50.000 hectáreas de bosques y sotobosques en un desierto quemado y sin vida. Pasan los años y continúan los incendios, y parece que por muchos medios de prevención y extinción que se mejoren, los incendios forestales devastadores no tienen solución desde que el mundo rural se abandonó a partir de la década de los años 60 del pasado siglo XX.

Es verdad que las condiciones climatológicas suelen ser extremas las últimas décadas, con temperaturas cercanas a los 40 º C antes de llegar el verano. Pero, más allá de estas cuestiones, la pregunta que quiero responder es si las superficies arrasadas en los últimos incendios habrían sido tan terriblemente amplias sin dos hechos de los que no se habla demasiado. ¿Sin las perturbaciones térmicas provocadas con las altas temperaturas, habrían sido los incendios tan virulentos? ¿Si el mundo rural y las montañas interiores no hubieran sido abandonados a su desdicha desde los años 60 del siglo XX, los incendios que sufrimos las últimas décadas habrían sido tan criminales en cuanto a superficie quemada?

Si la sociedad valenciana y de manera global la española, cuando se industrializaron a mediados del siglo XX, hubieran protegido la economía del mundo rural, y de la montaña en especial, para evitar su abandono, los incendios actuales (y los de las últimas décadas) no habrían tenido el poder destructivo que han tenido. Yo nací en Vallada (La Costera) a mediados de los años 50 del siglo pasado, con lo cual todavía conocí el mundo rural (pobre, pero digno) en plena ebullición. Es decir, todos los corrales del término tenían rebaños de cabras, corderos y ovejas, todos los secanos en bancales estaban trabajados, todas las huertas en producción, las escasas masas forestales estaban muy limpias (mi padre hacía leña para un horno de cocer pan y aprovechaba hasta la última aliaga para quemarlo).

En ese contexto, yo conocí incendios en Vallada provocados por rayos y poco más (no había intereses urbanísticos, ni los pirómanos tenían recursos de movilidad ni mala leche como para provocar incendios). Los incendios no arrasaban grandes superficies porque la gente vivía en y del campo y de la montaña, con lo cual mantenía el sotobosque limpio y eran los primeros al aparecer por el foco del fuego para apagarlo. ¿Alguien cree que si en los años 60 del siglo XX se hubiera impedido de alguna manera el abandono del mundo rural, sufriríamos actualmente estos incendios tan devastadores? Hagamos un poco de ficción y que me deje el lector ser un poco utópico. Imaginemos que con ayudas y ordenando los flujos migratorios de los años 60 y 70 del siglo pasado, la gente hubiera continuado trabajando las tierras de secano de las montañas valencianas plantando cereales, explotando la madera, acompañando a los rebaños€ Y como consecuencia, viviendo en las heredades, las masías, las casas de campo y los corrales. Si ese mundo rural hubiera continuado vivo y dejando unas rentas mínimamente dignas a la gente habría tenida controlada la biomasa hoy descontrolada con la extracción de madera, limpio el sotobosque con los pastos y miles de hectáreas cultivadas con árboles de secano y el cereal. Esta actividad rural y económica en nuestras montañas, prolongada hasta hoy, habría impedido, sin duda, los terribles incendios de las cuatro últimas décadas.

Los mejores planes de prevención de incendios cara al futuro deberían centrarse en la elaboración de un Plan de Acción Territorial que volviera a poner en marcha esa economía ganadera, agrícola y forestal abandonada hace cinco décadas. Ese proyecto, como un tipo de reconquista y repoblación de las montañas interiores valencianas, debería tener el apoyo institucional en forma de inversiones para animar a la gente a volver a trabajar la montaña, además de incentivos económicos (algunos a fondo perdido) para animar a la ciudadanía a que vuelva a habitar los pueblos abandonados, las masías, los corrales, las heredades... Posiblemente, ahora sería el momento más óptimo para poner en marcha esa operación de regreso al mundo rural, puesto que la actual crisis económica se ha llevado por delante gran parte de la industria valenciana y el mafioso negocio inmobiliaria ha provocado un aumento del paro inimaginable en las democracias europeas.

Además, la gente joven espera respuestas imaginativas a su degradante tasa de paro por encima del 50 %. Podrían ser invitados a vivir en la montaña, pero no con las penurias e incomodidades de nuestros antepasados, sino con las nuevas tecnologías que permiten conexiones a internet y medios de comunicación que facilitan vivir en el campo y estar cerca de los centros de ocio y de relaciones sociales, dando así un provecho real a todas las nuevas carreteras y autopistas que cruzan de manera indolente e indiferente entre nuestros ecosistemas de montaña hoy abandonados.

Esta sí que sería una verdadera protección contra los incendios. La mejor prevención, dando, además, una alternativa digna a mucha gente parada, que ya no serían sólo agricultores de secano y ganaderos, sino que con los nuevos paradigmas ambientalistas y económicos, también tendrían la consideración de jardineros, guardas forestales, técnicos de medio ambiente€ En definitiva, los primeros defensores de nuestras montañas y masas forestales. Esto sí que sería una prevención efectiva de nuestros bosques, y no continuar viviendo de espaldas a las montañas y gastando dinero con los medios de prevención actuales que, como bien han demostrado los últimos incendios, no son más que un lavado de cara hacia la ciudadanía.

El grito final. Volvamos a habitar la montaña y la montaña volverá a estar protegida contra los incendios y nos mostrará su cara más amable y sanadora. ¿A qué esperamos? ¿Te vienes?

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