18 de agosto de 2017
18.08.2017

Entre el español/ castellano y el catalán/valenciano

18.08.2017 | 04:15

Cuando el 28 de junio de 1978 aterricé por primera vez en València tenía 29 años, estudios universitarios y una curiosidad infinita por conocer el país sobre el que traía algunos juicios y muchos prejuicios. De hecho, además de comparar palabras, comidas, paisajes o calles –lo que sigo haciendo 39 años después, como útil herramienta del conocimiento que solo es odiosa cuando es amorosa, como don Quijote ante Dulcinea y Belerma– uno de los primeros viajes que quise hacer fue a Granada, no solo por la Alhambra, sino por la carretera de Víznar donde los fascistas habían asesinado a Federico García Lorca. Pronto me di cuenta que España era mucho, muchísimo más que un país en el que se mataba a los poetas y que vivía una fascinante transición política de una terrible dictadura a una esquiva democracia. Había tantas certezas como dudas; tantos miedos como esperanzas€

Además de comprobar que aquí también abundaban los prejuicios en relación con Colombia y los latinoamericanos –todavía sudacas como aún hay negratas (Blasco dixit)– lo que más me impactó, como a muchos emigrantes y turistas poco informados, fue escuchar valenciano/catalán en la cuna del español (que empezaban a llamar castellano) y conocer todo tipo de posiciones en el encendido debate sobre si España era un país de países, una nación de naciones o una nación de nacionalidades. La Constitución española se discutía en las Cortes surgidas de las elecciones del 15 de junio de 1977; sería aprobada el 31 de octubre, ratificada por el 60 % del censo electoral en el referéndum del 6 de diciembre.

Los argumentarios de ese debate vuelven a sonar hoy en el Parlamento, los medios, los bares y las cocinas a propósito de la consulta convocada por la Generalitat de Catalunya para el 1 de octubre. Y cabe señalar arcaicos y nocivos prejuicios sobre la lengua, elemento vertebrador en la identidad de colectivos humanos, sean tribus, países o continentes lingüísticos, entendiendo por ello los 900 millones de personas que hablan chino (mandarín); los 700 de habla inglesa, los 600 de habla española/castellana o los 10 de habla catalano/valenciana; en todos los casos como lengua materna o no.

Aludir a este preocupante aspecto en pocas palabras obliga a una síntesis histórica: las voces que desde residuales pero activas permanencias del franquismo siguen proclamando veladamente la España Una, Grande y Libre y despreciando lenguas cooficiales en las autonomías, han alentado el independentismo catalán mucho más que las competencias cedidas por la Constitución de 1978 y las ventajas que, desde Franco, han tenido Catalunya y el País Vasco.

En la asociación de madres y padres del colegio donde estudiaron mis hijas fui testigo, en los años 90 y principios de siglo, de cómo la rotunda oposición a que hubiese asignaturas en valenciano –de padres y madres de apellidos nativos– era respondida por la exigencia contraria (maximizada) de los valencianistas. Tomé partido por la educación trilingüe (hoy plurilingüe) de los jóvenes en esta tierra y me interesé por la evolución de lenguas provenientes de los romances ibérico, galo o florentino.

Al fin y al cabo, el italiano, el francés, el portugués y las lenguas en el Estado español (salvo el euskera) nacen en monasterios medievales donde los monjes se esforzaban en acercar los textos en latín clásico a las hablas latinas en las regiones, que en la península tenían precedentes e influencias íberas, celtas y árabes. Esta memoria, sin prejuicios, es un indispensable mimbre para el nuevo tejido territorial que permita mantener la unidad de España reconociendo su diversidad.

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