18 de agosto de 2017
18.08.2017

Reivindicación de la lectura

18.08.2017 | 04:15
Reivindicación de la lectura

Los veranos son la ocasión propicia para hacer las cosas que no podemos hacer cuando estamos sometidos a la disciplina del trabajo. Por ejemplo, dedicar una tarde a la lectura. Estos días estoy sumido en una novela muy poco conocida en España, aunque está considerada como un clásico de la literatura de EE UU. Estoy hablando de Una tragedia americana, escrita por Theodore Dreiser en 1925. Cuenta la historia de un arribista que acaba trágicamente. La narración esta concebida de tal forma que es difícil abandonar su lectura desde las primeras líneas.
No voy a entrar en detalles, pero sí diré que el gozo de leer sin prisa alguna en una larga tarde de verano es un placer inconmensurable. Lo descubrí cuando era adolescente. Me iba andando a los alrededores de la cartuja de Burgos y allí me entretenía bajo sus pinares mientras disfrutaba de Dickens, Tolstoi, Chejov y Stendhal. Eran los libros de mi padre que yo tomaba prestados a escondidas y que devolvía a los anaqueles al retornar a casa.

Era también un apasionado lector de periódicos, incluida la prensa deportiva, que esperaba con avidez para devorarla de la primera a la última página. Desde entonces, tenía muy claro que quería ser periodista, una profesión que identificaba con la posibilidad de viajar y conocer gente en aquella pequeña ciudad de provincias cuyos veranos parecían interminables.

Todo esto les sonará a muchos lectores como una evocación nostálgica e irrelevante, pero no lo es. Cuando empiezo a recorrer el último tramo de mi vida, me doy cuenta de la gran influencia que tuvo en mi personalidad la lectura de esos autores. Lo que contaban me ayudó a descubrir la complejidad del mundo. Pero sobre todo puso delante de mis ojos que la apariencia es casi siempre engañosa y que mirar resulta algo mucho más importante que ver.

Cuando uno acaba un buen libro ya no es el mismo que cuando empezó a leer su primera página porque la buena literatura nos ilumina, nos transfigura al mostrarnos una especie de cara oculta de la realidad a la que no podemos acceder por las limitaciones que determinan nuestra vida.

Leer no sólo es conveniente, es esencial. No hace falta ser muy perspicaz para darse cuenta de que el talón de Aquiles de nuestro sistema educativo es el bajo nivel de comprensión verbal de los alumnos, que deriva de la falta de hábitos de lectura. Esta es una carencia que se ha ido agudizando con el transcurso del tiempo y, muy especialmente, con la eclosión de las redes sociales y las nuevas tecnologías de la información.
Pero mi reivindicación de la lectura va mucho más allá de una concepción utilitaria. Creo que en los libros está encerrado el saber de todas las generaciones que nos han precedido y que, por ello, son un eslabón invisible que nos conecta con el pasado.

Cuando releo La Iliada, uno de mis textos favoritos, siempre pienso que la naturaleza humana ha cambiado muy poco desde Homero porque los sentimientos de los héroes de la narración son los mismos que podría expresar hoy cualquier hombre contemporáneo.
Leer es lo más parecido a vivir. Y la buena literatura tiene la virtualidad de transportarnos a mundos lejanos y desconocidos a los que podemos acceder por el milagro de la letra impresa, cuyo poder de evocación supera a los medios audiovisuales.

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