14 de septiembre de 2017
14.09.2017

"Adéu Espanya!" 2.0

14.09.2017 | 04:15

Nací y he residido casi siempre en Barcelona, la milenaria ciudad golpeada estos días por el terrorismo yihadista (por cuyas víctimas sólo podemos llorar) sumergida últimamente en un conflicto político del que presumiblemente emergerá el próximo día 1 de octubre, junto con el resto de Cataluña, y acaso España, veremos si vencedora o vencida. Conflicto que, a pocas semanas de definirse, exige un debate sosegado y maduro sobre dónde estamos, cómo hemos llegado hasta aquí y qué esperar del día después.

Permítanme ante todo recordar que el pueblo catalán votó sin fisuras la actual Constitución Española porque sobre el papel y sobre todo en espíritu formalizaba el talante democrático, liberador y plural que el eslogan «Llibertat, amnistia, estatut d'autonomia» había resumido antes como paraíso terrenal a conquistar por el conjunto de los españoles tras la muerte del dictador.

Pero... ¿qué sucedió en los siguientes cuarenta años? Sin duda hemos gozado de un cada vez más robusto Estado democrático, ganado libertades, derechos, protección social... ¡y hasta hemos ingresado en el ansiado club europeo! Todo eso parece además inamovible.
Sin embargo... ¡ay!... en paralelo y por desgracia, hemos asistido también al crecimiento de una inquietante sombra sobre nuestra pacífica convivencia; no hablo de corrupción o de pérdida de prosperidad efectiva, sino de algo más profundo, sutil y perturbador, que al parecer despierta en los catalanes más prevención (en activar su memoria histórica) que en el resto de los españoles y que el resto de dificultades. Y tampoco le pongo fecha de origen en la famosa sentencia del nuevo Estatut catalán, sino bastante antes, cuando ya muchos observamos sin querer alarmarnos, sin querer creérnoslo (por aquello de no llamar al mal tiempo, supongo), cómo poco a poco se iban configurando en la capital posiciones mediáticas y políticas reaccionarias, cuando no regresivas, volviendo a tomar cuerpo, en la moderna sociedad europea que conformamos, el viejo mito de las dos Españas del que tanto nos previno el gran poeta Antonio Machado. Algo por lo demás esperable, si lo miramos ya con hielo en el corazón, en un país que convirtió el ensañamiento civil en el argumento central de buena parte de su historia.
Yo creo que, en puridad, la Constitución del 78 pretendió poner un punto final a esta sangrienta y dolorosa historia, aunque sin extirpar el mal de origen... sino por la vía analgésica, amable tratamiento que ha resultado a todas luces insuficiente, dejando el punto final en simple punto y aparte. No nos dejemos engañar por las formas, miremos las políticas, los resultados...

En estos últimos años, los españoles hemos perdido unidad de acción, a la vez que paradójicamente perdíamos pluralidad, y con ellas capacidad de diálogo y concordia social. De nuevo somos un pueblo desunido. En paralelo, y esto no parece una paradoja, se ha enquistado en nuestra clase política el cáncer de la corrupción, y el empobrecimiento general entre las clases populares... mientras crece la evidencia de que a España vuelven a dirigirla los de siempre. Tampoco podía esperarse otra cosa de un país que no hace tanto dejó morirse a su dictador en la cama.

Esa es por lo menos la impresión que se percibe mayoritariamente en Cataluña, y que siento yo mismo, propiciando en muchos de nosotros una gran frustración, si no un nuevo motivo de rebeldía... en la que tan buen acomodo ha hallado el proyecto independentista; de ahí que tanto defensor de la independencia se defina como no nacionalista. En definitiva, en la base del conflicto catalán subyace una profunda crisis del proyecto nacional español, desestabilizado, a mi juicio, por la pérdida de soberanía e identidad que supuso su ingreso en la Unión Europea... y por la ponzoñosa reacción consiguiente del aznarismo. Como consecuencia, los catalanes vieron coartado su nuevo estatut, refrendado legalmente, negada la llibertat de decidir sobre su futuro, y condenados sin amnistia sus representantes políticos, como en otros tiempos...
¿Podemos aún recuperar el cauce de diálogo y de concordia que permitió iluminar la Constitución de 1978? ¿Y serviría de algo? Yo aspiro a ello, convencido de que cuanto mayor es un país, más anchos son sus horizontes. Además, sé bien que Madrid y Barcelona son dos realidades comunicadas en lo bueno y en lo malo. Y hasta se me ocurre una posible solución, algo parecido a un saludable cambio de hábitos que devuelva a nuestro país a un estado más acorde a su verdadera naturaleza, por utópico que parezca.

Y digo devuelva no por el acuerdo del 78, sino por lo que de joven me explicaron en el colegio: que este país llamado España se fundó bajo la máxima de «tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando», lo cual parecería razonable traducir ahora por un «monta tanto, tanto monta, Madrid como Barcelona». Es decir, que procede abordar y acordar un nuevo y definitivo contrato igualitario entre las dos Españas, perfectamente representables hoy por esas dos grandes ciudades, si queremos que sigan formando parte de un solo proyecto dentro del actual marco comunitario europeo.

Al cabo, lo que necesitan los catalanes es parecido a lo ya obtenido por madrileños, vascos e incluso andaluces. Básicamente, que se acepte a Cataluña como sujeto político con quien acordar un marco de convivencia: «tanto monta, monta tanto»... La historia de España es la que es, y lo de las «regiones y nacionalidades» se quedó corto. Si debía servir para ganar tiempo, cuarenta años parecen tiempo suficiente. Y creo que eso lo perciben cada vez más españoles... Ha llegado la hora de minimizar a esa España uniformizadora e inmovilista que campa de nuevo a sus anchas, si no se la puede relegar para siempre en el olvido.

Es a esa España rediviva a la que ya ha dicho adiós Cataluña, y no solo la independentista, igual que el poeta Joan Maragall en 1898... Veamos pues qué hacen hoy el conjunto de los españoles al respecto.

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