01 de octubre de 2017
01.10.2017

Cisma en el IVO

01.10.2017 | 00:28
Cisma en el IVO

«Andaluces de Jaén,/aceituneros altivos,/
decidme en el alma,/¿quién, quién levantó los olivos?». Miguel Hernández («Viento del pueblo», 1937).


El IVO ha entrado en crisis. El Instituto Valenciano de Oncología se enfrenta a un cisma en varias dimensiones: familiar, fundacional, política y crematística. Es el único Centro Integral de Cáncer que existe en la Comunitat Valenciana, creado por la Junta Contra el Cáncer. Una joya de la sanidad valenciana que está en peligro de implosión. Padece dos enfermedades graves: la apariencia privada y la proyección pública. Politización y endogamia patrimonial dominada por el apellido Llombart. El punto de inflexión se produce con el enfrentamiento escenificado entre los dos vectores de influencia y poder dentro de la organización: personificados en el tío y el sobrino, Antonio y Manuel Llombart. Poli bueno y poli malo. Se afronta una primordial responsabilidad ante personas amenazadas en su salud y horizonte vital.

Endogamia. Grave error el que se ha venido fraguando durante décadas –más de sesenta años tiene la Junta contra el Cáncer en Valencia y más de cuarenta el IVO, su descendiente directo. No se puede vincular a una sola familia, un centro sanitario que sólo tiene sentido si sirve a la sociedad de la que procede y en la que se retroalimenta. Al clan Llombart estuvo ligado su fundador, su hijo y primer director general, Manuel Llombart Bosch, y después su nieto, Manuel Llombart Fuertes, que heredó el máximo cargo ejecutivo sin interrupción. Otro hijo del fundador, Antonio Llombart Bosch, ha desempeñado la presidencia plenipotenciaria de la Fundación IVO. Nueve miembros de la estirpe Llombart y numerosos amigos –con hijos empleados en el IVO– y conocidos están en los órganos de gobierno y han trabajado en el instituto. Hoy siguen en nómina la esposa y el hermano del director general, Cristina Bordils Montero y Carlos Llombart Fuertes.

Politización. Mayor error fue ceder a la tentación política e involucrar al IVO en el fragor ideológico. La ambición no tiene límites. ¿A quién se le ocurrió? Manuel Llombart Fuertes en 2012, de la mano de su amigo estival de Benicàssim, Alberto Fabra, pasó de director general del IVO a conseller de Sanitat con el PP. Tras un debate tenso en la fundación se apoyó el nombramiento con la disconformidad de dos patronos históricos, Vicente Simó Sendra y José María del Rivero Zardoya, de quienes se prescindió poco después. Se autorizaron emolumentos excepcionales para quien migró a la política por voluntad propia. Le concedieron una gratificación de 175.000 euros, más del 50 % de sueldo anual (cerca de 300.000 euros) y se contrató –sin concurso de méritos– a su esposa, de bajo perfil curricular, como directora de Gestión (sobre 120.000 euros anuales). Su indemnización por despido ascendería a 800.000 euros. Cuando ocupó el cargo de conseller, Manuel Llombart había interpuesto una reclamación judicial a la conselleria que después dirigió, por retraso en los pagos de los servicios prestados –concierto con la Generalitat– en el instituto oncológico que dirigía. Claro conflicto de intereses. Es una fundación, teóricamente sin ánimo de lucro, de la que obtienen beneficio sólo algunos. Considerable contradicción.

Tarde y mal. Desde el inicio de los dos años transcurridos desde el nombramiento de Carmen Montón, como consellera de Sanitat en el Consell de Ximo Puig, se conocía la discordia entre el IVO y la Generalitat, que ha reaccionado tarde y mal. El duelo iba de conseller saliente a consellera del cambio. Venció el contrato a finales de 2016 y se comenzó a aplicar la restricción del acceso directo de los enfermos al Instituto Valenciano de Oncología, con notable merma de ingresos. No se resolvió el desencuentro. Se ha recrudecido desde la reincorporación del exconseller a la dirección general del IVO, en julio de 2017, función que no dejó nunca de facto. Son los insalvables perjuicios que causa la colisión de intereses públicos y políticos, frente a los privados y personales. La sociedad valenciana, médicos, empleados y los enfermos oncológicos son quienes ven disminuir los umbrales de calidad sanitaria por intereses espúrios. En vez de trabajar contra el cáncer, misión prioritaria.

Los amos. El IVO es una fundación privada, cuyos ingresos provienen casi en su totalidad de la Administración autonómica. Mediante ese dinero público, que es de todos, ha conseguido el patrimonio y el prestigio del que goza. Un caso más de entidad privada con dependencia pública. La confusión deliberada entre lo público y lo privado para que se lucren unos pocos. Los verdaderos propietarios y beneficiarios son todos los valencianos. Nadie ha pagado ni un euro por la propiedad del IVO. La amenaza de contratar con entidades privadas de allende los mares, además de indecente, es un insulto a la inteligencia y a la salud de los valencianos.

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