21 de octubre de 2017
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Un nuevo orden mundial

20.10.2017 | 23:24
Un nuevo orden mundial

Por primera vez en la historia se ha propagado la creencia, entre quienes piensan en el futuro a más de una década de distancia, de que estamos jugando el final de una partida global». Edward O. Wilson (Birmingham, Alabama, 1929), profesor emérito de la Universidad de Harvard, distinguido taxónomo y entomólogo, referencia mundial en biodiversidad y respetado teórico de la conservación (figura en la lista de los cien científicos más influyentes de la historia), y divulgador científico de primera línea y con éxito (refrendado como tal por una treintena de libros y dos premios Pulitzer), advierte en su último ensayo de la amenaza de colapso que pesa sobre la Tierra, sujeta a un mecanismo de relojería que agota la cuenta atrás, y señala a la especie humana como culpable pero también como potencial salvadora si logra volver a tomar el timón de un planeta cuyas fuerzas naturales se han desbocado, al tiempo que sus formas de vida se reducen día a día, sus recursos se agotan, incapaces de cubrir una tasa de consumo desorbitada y en crecimiento sostenido, su atmósfera y sus mares se envenenan, y su clima cambia hacia un escenario desfavorable que agravará todos los fenómenos anteriores.

«Dado que los problemas son globales y progresivos, y que la posibilidad de un punto sin retorno está cada vez más cerca, la situación no puede resolverse por partes», sentencia Wilson. «Nos guste o no, seguimos siendo una especie biológica en un mundo biológico», añade, para bajar los humos al ´Homo sapiens´ creador y actor del Antropoceno (la ´época del ser humano´), el último milenio, grosso modo, en el que el hombre ha cambiado la faz y la vida en la Tierra. Medio planeta culmina una trilogía iniciada por La conquista social de la Tierra (2012), que explora las consecuencias de la organización social de la Humanidad, y continuada por El sentido de la existencia humana (2016), en el que Wilson plantea las debilidades sociales y morales de ese sistema. Este tercer título señala el camino para corregir la ´sexta extinción´ en curso (un concepto acuñado por el propio autor), debida, casi por entero, a la actividad humana, desarrollada sin medida ni moralidad. La primera parte del libro expone el problema; la segunda sitúa el foco sobre la biodiversidad, la conocida, la inexplorada y la extinguida, y un tercer bloque de capítulos argumenta su solución, el concepto de ´medio planeta´ que da título a la obra y que consiste en un cambio de paradigma, de estrategia en la conservación: en vez de atender a espacios naturales y especies biológicas concretos, irse a una meta grande, ambiciosa «que cambia las reglas del juego», y poner medio planeta, la mitad de la superficie terrestre, a salvo.

«Destinando a la naturaleza solo la mitad de la superficie del planeta podríamos mantener la esperanza de salvar la inmensidad de formas de vida que lo componen», ya que en ese espacio cabe «una representación total de sus ecosistemas y la gran mayoría de sus especies». El propio Wilson es consciente de que alcanzar esta «solución de emergencia», siquiera encaminarse a ella, requiere superar un arduo obstáculo: «un cambio profundo en el razonamiento moral acerca de nuestra relación con la naturaleza». El problema es que la riqueza de especies biológicas en la Tierra disminuye a un ritmo creciente y acelerado. Los efectos del asteroide de Chicxulub (Yucatán, México), que hace 65 millones de años barrió del planeta los dinosaurios y dio paso a la era de los mamíferos, pueden verse empequeñecidos por los de una «sexta extinción» (se han identificado cinco picos anteriores de destrucción a lo largo de la historia de la vida, de ahí el ordinal) que ha sido desencadenada por el hombre, paradójicamente el gran triunfador tras el cataclismo de Chicxulub. «La biodiversidad en su conjunto forma un escudo protector para las especies que lo componen, incluyéndonos a nosotros (€) A medida que las especies desaparecen o disminuyen casi hasta la extinción, aumenta la tasa de extinción de las especies supervivientes», constata Wilson, para añadir que «la biosfera no nos pertenece, somos nosotros quienes le pertenecemos a ella (€), nuestra fisiología y nuestra mente están adaptados para la vida en la biosfera, a la que apenas hemos empezado a comprender».

Y es que tal vez solo conozcamos un 20 por ciento de las especies que pueblan el planeta. Había unos dos millones de especies descritas en 2015, pero la cifra real de especies vivientes podría rondar los 10 millones. Así, frente a las 270.000 plantas con flores descubiertas, se cree que podría haber 80.000 desconocidas para la Ciencia, y los anfibios, con unas 6.600 especies inventariadas, tal vez podrían sumar 15.000 más. Wilson, que ha descrito 450 especies nuevas de hormigas, sabe bien de lo que habla, como también conoce de primera mano el colapso que sufren los centros de investigación ante la ingente cantidad de material que reciben y su escasez de medios para procesarlo, de tal modo que el examen de los especímenes de potenciales especies desconocidas se demora años o décadas, e incluso «es posible que el conocimiento biológico que podría ofrecernos se posponga de manera indefinida». Innumerables especies desaparecen sin que sepamos que han existido. Wilson, en su repaso de la biodiversidad y su coyuntura actual, dedica especial atención a las especies invasoras, aquellas que, generalmente por la mano del hombre, ya sea de forma fortuita o intencionada, penetran en ambientes, en regiones geográficas, a los que no pertenecen y en los que se imponen a sus equivalentes y competidoras locales, alterando las reglas del juego ecológico. «El hecho de permitir la entrada de especies foráneas (...) es el equivalente ecológico de la ruleta rusa», afirma. Y cada vez que una especie desaparece por nuestra culpa «estamos tirando por la borda una parte de la historia de la Tierra. Borramos ramascos y en ocasiones ramas enteras del árbol genealógico de la vida». ¿Somos como dioses?, pregunta Wilson. En absoluto: «La mayor parte del tiempo nos comportamos como un batallón de simios peleándose por un árbol frutal. Una de las consecuencias es que estamos modificando la atmósfera y el clima, cuyas condiciones cada vez son menos favorables (...), y estamos poniéndoselo mucho más difícil a nuestros descendientes», advierte.

La tecnología, un arma de doble filo en la "partida final"
Nuestras actividades cotidianas «nos convierten en la especie más destructiva de la historia»; hace unos 200.000 años (la antigüedad de la ´Eva mitocondrial´, la antecesora de los humanos modernos), la tasa de extinción de especies era de una entre un millón al año; «como consecuencia de la actividad humana se cree que la tasa actual de extinción total es entre cien y mil veces superior», cifra Wilson, y agrega: «todas las pruebas disponibles llegan a dos conclusiones. La primera, que la Sexta Extinción está en marcha; la segunda, que la actividad humana es su fuerza motriz». La diferencia con los episodios previos radica en que en ellos «muchas especies no murieron del todo, se fragmentaron en dos o más especies hijas». Ahora la velocidad de desaparición es tan acelerada que ese proceso no tiene lugar: no queda ningún descendiente.
El cambio climático es la manifestación más patente y universal de la catástrofe que afecta a la Tierra, y también de la falta de unidad, de visión global de la Humanidad para enfrentarlo. Una tragedia en tiempo presente y que deja poco futuro. «Cuando el calentamiento atmosférico global sobrepase los dos grados de aumento (ya ha alcanzado la mitad), el clima de la Tierra se desestabilizará. Los récords de calor que hoy en día consideramos históricos se convertirán en algo habitual. Lo normal será que haya tormentas intensas y anomalías meteorológicas. El derretimiento de la capa de hielo de Groenlandia y la Antártida, que ya se ha iniciado, se acelerará y provocará una geografía y un clima nuevos en las masas continentales». ¿De verdad puede llegar a ocurrir un cambio tan catastrófico?, se interroga Wilson, haciendo suya una pregunta común entre los receptores de ese mensaje. «Ya ha empezado». Incluso contando con la buena voluntad de los gobernantes (y no todos la tienen ni los que la tienen la llevan a efecto), se tiende a lo que Garret Hardin bautizó como «tragedia de los comunes»: cada nación (y cada individuo) que comparte un recurso limitado tiende a utilizar la cuota máxima que se le permita, de modo que el conjunto tiende a agotar ese bien. Esta regla se aplica a la propia dispersión de la especie humana. «Al duplicarse en número una y otra vez, la gente se abalanzaba sobre el planeta como una raza hostil de alienígenas».

El movimiento conservacionista ha tratado de contrarrestar el ataque a escala planetaria auto-infligido por el hombre contra su hogar biológico, pero no ha sido suficiente. Más aún, sus «carencias» han sido aprovechadas por la nueva «ideología antropocénica», que niega la existencia de una naturaleza salvaje (todo son «paisajes funcionales»), juzga la biodiversidad por su servicio a la humanidad y defiende la máxima de que el destino de la Tierra es estar humanizada. A ese pensamiento, que contempla el planeta como «un jardín semisalvaje cuidado por nosotros», lo llaman ´nueva conservación´. Wilson responde con una frase del explorador, naturalista y geógrafo Alexander Von Humboldt: «La visión más peligrosa del mundo es la de aquellos que no han visto el mundo». Dedica Wilson la 2ª parte del libro a describir la biodiversidad actual o, para ser exactos, su investigación científica, los descubrimientos y lo mucho que aún queda por conocer. Llega así a la tercera parte, «La solución», la argumentación del proyecto «medio planeta». «En todo el mundo existen auténticas zonas salvajes que, si lo permitimos, continuarán siéndolo. Pero también existen muchos otros lugares cuyos ambientes vivos pueden restituirse casi hasta sus condiciones originales», establece Wilson, quien añade, como apoyo de la viabilidad de su propuesta, dos constataciones: «el crecimiento de la población ha empezado a desacelerarse de manera autónoma» (hay un cambio de estrategia biológica en la especie humana hacia una descendencia menos numerosa y mejor cuidada) y «el crecimiento económico extensivo está siendo sustituido con rapidez por un crecimiento económico intensivo», es decir se está pasando de un modelo de desarrollo basado en la adición continuada de capital, población y tierra sin explotar a otro generado por la invención de nuevos productos de alta tecnología y la mejora (...) de los ya existentes. «Realismo ecológico», acuña. La «partida final» de la conservación de la biodiversidad se juega en el s. XXI. Las industrias BNR (Biología, Nanotecnología y Robótica) «tienen capacidad tanto para favorecer la biodiversidad como para destruirla», dice Wilson, quien expresa su convencimiento de que «la beneficiarán» a través del «distanciamiento entre la economía y los combustibles fósiles, y el acercamiento a las fuentes de energía limpias y sostenibles», así como de una «mejora radical» de la agricultura y de «la necesidad e incluso el deseo de viajar lejos».

A su juicio, esos «son los principales objetivos de la revolución digital». ¿Una utopía? «Si la humanidad continúa con sus métodos suicidas para propiciar el cambio climático, eliminar los ecosistemas y agotar los recursos naturales, nuestra especie se verá muy pronto obligada a elegir (...): ¿seremos los conservadores de la existencia, manteniendo nuestra naturaleza humana basada en la genética mientras reducimos las actividades dañinas para nosotros y el resto de la biosfera, o utilizaremos nuestra nueva tecnología para adaptarnos a los cambios que sean importantes solo para nuestra especie mientras dejamos que el resto de la vida desaparezca?». La Tierra aguarda respuesta...

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