05 de noviembre de 2017
05.11.2017

El fetichismo de las teorías revolucionarias

05.11.2017 | 04:15
El fetichismo de las teorías revolucionarias

En los últimos tiempos de cambios políticos hemos visto que algunos políticos de nueva traza, traían en la mochila textos de autores cuyas teorías les permitirían alcanzar el cielo del poder por la innovación de sus estrategias.

La llegada de Podemos que, en principio, fue ilusionante porque parecía recoger aquel espíritu de renovación del 15 de mayo de la Puerta del Sol, con prácticas de respeto mutuo, audiencia a las distintas ideas y reciprocidad en el esfuerzo, se descubrió que en realidad encubría el pensamiento de un escritor argentino, Ernesto Laclau, teórico del populismo, cuyas ideas principales se encuentran en su libro «La razón populista» (2005). De ahí surgió esa estrategia de asumir todos los reclamos, todas las reivindicaciones, aunque algunas sean contradictorias, y echarles las culpas a los de arriba, esa «casta», origen de todos los males.

Por un lado se reivindicaba los círculos de participación popular de barrios y ciudades y por otra se buscaba un símbolo integrador, supremo e indiscutible que era el líder, el caudillo, en dónde todas las masas debían identificarte y que por tanto, no admitía oposición de ninguna clase.
Ahora también, junto a los viejos fetiches nacionalistas, en la conspiración que viene incubándose desde hace tiempo, ya se renuncia al ejercicio de la lucha violenta en donde frente a la fuerza legítima del Estado se tiene todas las de perder. En esta estrategia de astucias y de manipulación de la verdad aparece un autor, el filósofo y politólogo norteamericano Gene Sharp, autor de un libro «De la dictadura a la democracia» (1994), que ha sido guía de combate para distintos movimientos nacionalistas y otros movimientos de resistencia en distintas partes del mundo. El nacionalismo catalán define en su estrategia a la sociedad democrática española como una tiranía y quiere aplicarle las recomendaciones de Sharp de la lucha no violenta contra el poder, sino fomentar que los ciudadanos no obedezcan a los líderes de esas estructuras del Estrado, y conseguir que se establezca una doble soberanía y gobiernos paralelos y dos legitimidades que creen la duda y la confusión. También la presión psicológica al adversario, mediante realizar juicios al revés, al acusador, establecer listas negras de comerciantes, métodos de no cooperación política para que deje de funcionar el gobierno, rechazo a la autoridad, retirada de la obediencia, boicot a reuniones oficiales, desobediencia civil a las leyes «ilegítimas», boicot social a grupos sociales para inducirlos a que se unan a la resistencia, cumplimiento lento y renuente que es una desobediencia enmascarada, no solo al poder ejecutivo sino también a jueces y fiscales (¿no les suena de algo todo esto?).

Y también consejos sobre acción callejera, como promover huelgas estudiantiles, suspender actividades sociales o deportivas, ruidos simbólicos como las caceroladas o tractoradas, volver la espalda a las autoridades o agentes de las autoridades, en actos públicos, etc. Las milicias urbanas de la CUP tendrían la misión de control de tales tácticas contra la tiránica dictadura española, aunque conviene recordar que Sharp ya en una obra anterior, La política de la acción no violenta (1973) -que definía como una política jiu-jitsu, aprovechándose de los errores y equivocaciones del adversario-, tenía en cuenta las dictaduras de países Árabes o de Serbia o Ucrania, más recientemente.

En Estados Unidos algunos analistas le han acusado de apoyar a derribar a gobiernos no afines a los intereses de Estados Unidos pero, en cualquier caso, es una lucha por las libertades que tendría algún sentido aunque una vez más hay que recordar que el dicho maquiavélico de que el fin justifica los medios, puede pervertir el fin por el contagio perverso de los medios. Y la ética siempre es la más resentida. Se trata de alcanzar el poder de la forma más fácil y menos costosa aunque se asiente en una monstruosa campaña de difamación por la que la democracia española, en cuyas normas jurídicas se fundamenta el acceso a las instituciones autonómicas y a sus presupuestos de muchos de estos conspiradores, difícilmente puede equipararse a una dictadura tiránica, a no ser en las mentes alucinadas del irracionalismo.

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