07 de noviembre de 2017
07.11.2017

Rafael Arnanz

07.11.2017 | 04:15
Rafael Arnanz

Rafael fue un hombre bueno, calidad imprescindible para formar parte de la humanidad civilizada. A la bondad se unió la cultura, legítima compañera de la tolerancia. A ambas, la lealtad institucional y las convicciones democráticas, republicanas. Jamás exhibió estas cualidades en el ejercicio de sus funciones. La competencia mesurada de sus conocimientos aplicados al servicio público. Sin estridencias, sin inmiscuirse en las decisiones de los representantes públicos, con los que convivió, bajo la Dictadura, y en los albores y desarrollo de la democracia en el Ayuntamiento de València.

El domingo asistí, acompañando a su familia, a la ceremonia de despedida del amigo. Experimenté la tristeza del último adiós, y la soledad. Ninguno de los ediles de 1979 en adelante, nos acompañó. Quien limara tantas asperezas en el turbulento tránsito a la democracia local no mereció el homenaje de quienes ayudó, en la inexperiencia o soportó, estoicamente, en las bravuconadas.

La gratitud no es virtud que se prodigue en esta sociedad, al menos en una parte de la misma.

Arnanz consiguió aplazar, hasta la llegada de los concejales elegidos, algunas decisiones que hubieran concluido la destrucción de la ciudad. Desde el alud de ruinas inminentes y licencias de derribo de edificaciones icónicas de nuestro paisaje urbano, hasta propuestas que hubieran hecho imposible, o más difícil, el sueño colectivo d´El Saler o el Riu Verd. Y algunas más, que el curioso o el investigador pueden bucear en los archivos municipales. Lo recogía con acierto nuestro director, Julio Monreal, el mismo domingo.

Solo con esto ya se justificaría un reconocimiento. El mío lo tuvo desde el primer momento, cuando por delegación del Alcalde, me ocupé durante unos meses de la gestión urbanística de la ciudad, los del urbanismo de emergencia, la fase previa a la construcción de la nueva ciudad con la ciudadanía.

En un contexto de dos legalidades. La vigencia de las leyes de la Dictadura, y la legitimidad legal nacida de las urnas en abril de 1979. Con una Administración lastrada, carente de recursos, satisfecha de la intromisión intolerable, de empresas y grupos que habían conseguido vampirizar su funcionamiento. Con amenazas ciertas, como la de un conocido Capitán General a propósito de una licencia para construir viviendas militares, a las que el individuo consideraba exentas de la legalidad municipal vigente ¡!.

Con paciencia desmontamos todo. La ayuda de una justicia encabezada por otro gran amigo, Pascual Sala a quien tuve oportunidad de saludar en un merecido homenaje de la Academia de Jurisprudencia hace unos días, redundó en la sorpresa, incluso de algún asesor jurídico municipal, jactancioso de las trampas que tendía a los "interinos", con el resultado de "ganar" los numerosos recursos entablados por los "perjudicados" por detener la destrucción prevista.

Gracias, Rafael, donde quieras que estés, y si te encuentras con Vicent Blasco, mi abrazo a ambos.

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