16 de diciembre de 2017
16.12.2017

Argumentario y emotivismo

16.12.2017 | 04:15
Argumentario y emotivismo

Tiene mucha ironía, incluso sorna. Mi amigo dice que la primera paridad es la del matrimonio: un hombre y una mujer. Si no, no hay paridad, sino parida. No sé si lo segundo es así, pero lo primero es exacto. Cuando se regula por ley la paridad en las empresas, en los consejos de administración, en los gobiernos y demás instituciones públicas y privadas, resulta cuanto menos incongruente que no se solicite esa paridad en lo más sustancial de la sociedad que es la familia, la que nos socializa y nos lanza al mundo; donde aprendemos a ser quiénes somos y quiénes son los demás. Donde ahondamos a valorar –y respetar- lo femenino y lo masculino, en su diversidad y complementariedad, de madre y padre.
Lo anterior viene a cuento de las muchas incongruencias e incoherencias en las que caemos, por no saber argumentar. Se habla con y por imágenes. Por asociación, por simpatía -en su acepción de relación entre dos sistemas por la que la acción de uno induce el mismo comportamiento en el otro, como cuando una bomba hace estallar a otra por simpatía-. Así, hacemos que el discurso carezca muchas veces de inteligibilidad, pues los fantasmas visuales –los imaginarios colectivos- son discursos primitivos, equívocos, en los que se comparan cosas heterogéneas. Que triunfe el emotivismo es un termómetro de lo que indico. Es un esfuerzo baldío por hacer trasparente el cristal.
En el ámbito de la comunicación, crea confusión. La argumentación se empobrece hasta límites infinitesimales: se da una importancia desmesurada y grandilocuente a lo mínimo; y se empequeñece lo importante hasta la irrelevancia. Se usa también como arma arrojadiza de destrucción masiva de la lógica y de la comunicabilidad.

Me refiero, por ejemplo y yendo a lo concreto, a apuntalar que, gracias a la revolución francesa, hoy gozamos de libertad, igualdad y fraternidad (¡Si al menos fuera verdad!). Lugar común. Frase iconográfica donde las haya. Obviando que esos valores, en primer lugar, son los propios de la civilización cristiana proclamados por la Iglesia Católica a lo largo de los siglos. La revolución francesa «los impuso» a fuerza de guillotina y de llevar los ejércitos napoleónicos a la mayor destrucción de Europa conocida hasta entonces.

Otro ejemplo: considerar nuestra generación como el summum del progreso, sin caer en la cuenta que eso mismo pensaron nuestros bisabuelos y tatarabuelos: lo nuestro será una antigualla dentro de 50 años, como así lo atestiguan las mismas fotografías de hace 50 ó 100 años.
En fin, se podrían multiplicar los ejemplos. Solo basta ver cualquier programa de televisión –de variedades, de cocina, de tertulias políticas, entrevistas, etc.- para darse cuenta del empobrecimiento del lenguaje y el reduccionismo semántico -a veces auténtico deconstructivismo-, que comporta una pobreza de la lógica argumentativa. Por eso, hoy no se dialoga, no se habla: se lanzan eslóganes, tuits, imágenes, pero no se argumenta. Y así, todo intento de diálogo no deja de ser algo frustrante, cosa de besugos.

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