16 de diciembre de 2017
16.12.2017

Deliberar y debatir

16.12.2017 | 04:15

El diccionario de la RAE, define «deliberar» como «considerar atenta y detenidamente el pro y el contra de los motivos de una decisión, antes de adoptarla€». Y define «debatir» como «discutir un tema con opiniones diferentes. Luchar o combatir en defensa de los propios intereses».
El debate es el que vemos a diario en el panorama político, en las tertulias televisivas o en los rifirrafes entre hinchas de distintos clubs de fútbol. Debatir implica intentar derrotar al adversario y quedarnos con la razón y los beneficios asociados.

La deliberación, según el maestro deliberador, el psiquiatra y profesor Diego Gracia Guillén, es un método que se inicia en Aristóteles y que Diego Gracia ha aplicado con éxito en la toma de decisiones en bioética, en temas de tanto calado social como el aborto o la eutanasia. La resolución de la deliberación no implica vencedores ni vencidos, como el debate, ya que aquí ambos persiguen la mejor de las soluciones independientemente de quien las aporte. Así, una deliberación tiene poco que ver con el apasionamiento de los debates pero no deja fuera las creencias, los valores y las emociones, porque los seres humanos los incluimos siempre en nuestra toma de decisiones, pero se intenta someterlos a un proceso racional de análisis. Para el profesor Gracia, la deliberación puede aplicarse a cualquier problema práctico, no solo bioético. Hace una década que los filósofos Jürgen Habermas y Amy Guttman intentaron extender el método deliberativo a la filosofía política para intentar mejorar las imperfectas democracias que tenemos. Pero, a juicio de Diego Gracia, el ámbito político es uno de los que peores condiciones reúne para el método deliberativo. Esta afirmación tiene un gran mérito porque reconoce una insuficiencia del método que en el que lleva formando a cientos de alumnos en un plano socialmente hegemónico. Y no es nada fácil hablar así, con tanta claridad, desde ciertas alturas. Diego Gracia actualmente excluye con vehemencia la validez del método deliberativo en el ámbito político. «A deliberar hay que aprender» y «hace falta un psiquismo estable para la deliberación» son dos lemas que Diego Gracia repite con frecuencia. Tampoco la deliberación es un diálogo; al menos está lejos de esa pamema sentimentaloide del simple intercambio de opiniones como si fuesen fluidos y de que la sola bondad de nuestro interlocutor pueda ser un garante del proceso. La deliberación persigue un fin concreto: reconocer la incapacidad de encontrar una solución exacta para un problema y por ello, hay que elegir la mejor entre las posibles. Ejemplos clásicos de deliberación son la elaboración de la historia clínica de un enfermo construida en base a los datos aportados por varios especialistas y expuestos en un sesión clínica conjunta. O el desarrollo de un proceso judicial donde varios interlocutores persiguen, desde distintos prismas, una sentencia justa.
La digitalización de la vida cotidiana se está llevando por delante cualquier amago de creatividad del individuo, cualquier intento de pensamiento autónomo y distante del rebaño social. El poder uniformizante de las redes sociales ejerce, bajo una pátina de libertad total, una soberana tiranía que empieza a generar individuos que cambian su autonomía por la placidez de un mundo donde todo estará presuntamente resuelto con solo quejarse. El corazón se ha comido a la razón. Y así están abandonando la adolescencia levas de nativos digitales con escasísimas habilidades para confrontar la realidad, para asumir tareas que conlleven sacrificio y esfuerzo. La digitalización, en su peor cara, trae consigo una dictadura con dictadores sin rostro ni nombre ni apellidos. La digitalización ha terminado con la escritura, con los aprendizajes laboriosos y con todo amago de deliberación o debate donde poder hacer patentes las discrepancias con el estado de las cosas. Todo se lo lleva por delante la corrosiva «cultura del consenso».

Como una reacción ante la vaguedad de la cultura actual, del auge desaforado de las políticas identitarias, del sentimentalismo arraigado en ese neofascismo llamado «corrección política», el pasado 15 de noviembre se presentó en Madrid el Instituto Deliberar, un ambicioso proyecto que incluye una editorial, una revista digital ya en marcha y una serie de encuentros donde participarán figuras relevantes del panorama cultural español. De la presentación de Deliberar (www.deliberar.es) se encargaron sus cabezas rectoras, Enrique Baca Baldomero, catedrático de Psiquiatría y José Lázaro, profesor de Historia de la Medicina, que coordinan a un prestigioso grupo de colaboradores y asesores. En el acto de presentación madrileño intervino el periodista Arcadi Espada, que saludó la aparición de un proyecto de este calado ante lo que calificó como «la total destrucción del mundo cultural español, antaño tan vigoroso» que se ha producido durante la última década de nuestra historia concretada en su caso en la irrelevancia en que vive el periodismo. «Nos estamos jugando mucho con esta pérdida», afirmó citando a Walter Lipmann, uno de los grandes teóricos del periodismo, que afirmaba que no es posible una democracia sin periódicos y que el periodista es el insider que debe traducir al pueblo la complejidad de la política y de los hechos cotidianos para que, en base a ello, tome las oportunas decisiones. También intervino en el acto Nicolás Redondo Terreros, político socialista sobre quién tanta acusación injusta ha caído por mantener un criterio propio en un mundo tan encanallado como el que le ha tocado vivir.  Redondo Terreros afirmó que una de las causas de la desaparición del panorama cultural español radicaba en la brutal irrupción de la vida política en todos los ámbitos de la vida social ahogando cualquier iniciativa que intente crecer al margen de ese control tan perverso como degradante.

Ambos ponentes dieron diagnóstico y tratamiento para estos momentos de nuestra vida social donde la sinsustancia, el fraude y la confusión son la norma. El acto finalizó con un curioso y sofisticado «vals de estocadas» que señala la buena salud del proyecto que arranca. Recordó José Lázaro la idea de Freud de que la cultura crece sobre la renuncia a los instintos humanos más básicos y que, por ello, es más difícil pero más efectivo deliberar que debatir. La réplica de Espada fue inmediata contra esa distinción freudiana tan cuestionable entre naturaleza y cultura.

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