16 de enero de 2018
16.01.2018
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Ética o religión. La torpe disyuntiva

16.01.2018 | 04:15

El borrador del nuevo decreto autonómico para ESO y Bachillerato no puede dejar de mantener las asignaturas de Ética y Religión como alternativas. Así obliga la Lomce. Pero cualquier persona capta enseguida que esto ya es un contrasentido académico. Ambas son necesarias cada una por separado y no sólo por tener objetos valiosos y distintos de reflexión en los que debemos formar a nuestros alumnos, sino también por seguir metodologías diferentes e igual de importantes. El conocimiento de una no podría sustituir jamás a la otra. Cada comunidad autónoma debe reajustarse como pueda en medio de este escenario, pero también lo hará como pueda y quiera, porque dentro de este margen se da el debate sobre el número de horas que se conceda para estas dos opciones, obligadas triste y legalmente a odiarse entre sí: la parrilla horaria de una lo será también de la otra. Y en este punto el diseño del borrador de decreto es muy clarificador: no se considera que sean fundamentales ni la Ética ni la Religión.

Nuestros alumnos podrían pasar por todo el tramo de la ESO sin dar ni una sola clase de Ética y viceversa. Lo realmente interesante es cómo se da por supuesto que las materias de corte científico o los idiomas no puedan ser disminuidas en su carga lectiva en pro de estas dos de Humanidades. Aquí parece que siempre hay consenso político. El problema de este grave error es la mentalidad tecnocrática que subyace a este diseño educativo: que nuestras escuelas estén al servicio de procurar una mano de obra cualificada al sistema socioeconómico más que a formar personas con capacidad crítica, autonomía y profundidad espiritual. Y es que las Humanidades no generan, aparentemente, un producto que rente dinero como inversión. Al fin y al cabo, ¿qué importancia tiene que enseñemos a nuestros jóvenes a ser más humanos? Luego nos escandalizaremos a diario por los casos de corrupción, del crecimiento de la violencia entre nuestros alumnos a edades cada vez más tempranas –incluyendo la de género–, por la deshumanización que trae un hedonismo ciego y la falta de compromiso cívico o el modelo de adolescente que sólo aspira a ser famoso en la vida, instruido por la gran escuela de Tele 5, que sí tiene el mejor horario.

Sobre la importancia de las Humanidades, académicamente, el consenso es casi tan unánime pero a la inversa. Hasta los más acérrimos detractores de lo religioso, por considerarlo un discurso anticientífico o un opiáceo popular, reconocen que siquiera como relatos, las religiones albergan una carga identitaria que no podemos despreciar y ya reconocía Aristóteles cinco siglos antes de Cristo, yéndonos muy lejos, pero también la gran perspectiva de la postmodernidad un poco más cerca de nosotros. La reflexión contemporánea sobre lo religioso viene de una tradición de pensamiento antropológico desde que el hombre es hombre, y no hace falta incidir en la necesidad de una formación crítica y filosófica como ha reivindicado siempre la teología. El espacio conceptual-legislativo actual es el de un plan de estudios que obliga a educar en uno u otro campo como si la falta de instrucción en uno compensara la formación en el otro, o asumiendo que uno de los dos es superfluo a criterio de la elección paterna o del alumno, y más necesario –o menos– según las luces e ideario del centro educativo. Y por añadidura solamente una hora a la semana. Sólo es viable pedagógicamente para hacer el ridículo. No vamos bien.

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