FERNANDO DELGADO
A propósito de la visita del Papa a Valencia para encontrarse con los matrimonios de toda la vida, Juan Antonio Martínez Camino, con sus formas melifluas, ha vuelto a arremeter con todo derecho contra los matrimonios homosexuales, pero como si por ello los gays fueran enemigos de las familias. Hay que aconsejarle al portavoz de la Conferencia Episcopal, por nuestro bien y el de toda su santa Iglesia, que al objeto de que los sectores sociales españoles se hallen en calma cuando el Papa venga a vernos con brevedad en su paso de 24 horas por Valencia, sea prudente. Ya los gays españoles están enterados de que ni al Papa ni a los obispos les gusta nada que se casen, pero también están hartos de explicarles que son hijos de familias, algunas de ellas piadosas, que más de uno tiene un tío obispo o una hermana monja y que por su deseo de formar familias propias son más acreditados amantes de las familias que los célibes. Y, por supuesto, más amigos de las familias que los que refugian su homosexualidad bajo una sotana. Si los gays y las lesbianas no le piden una audiencia a Martínez Camino para recordarle todo esto y pedirle que no sea obseso y los deje en paz es porque quizá teman que en la reunión acaben recordándole los numerosos episodios de escándalo que los sacerdotes pederastas han protagonizado y que sí constituyen atentados verdaderos a las familias, incluso con secuelas enfermizas. Pero deben estimar que tal recordatorio ni es necesario ni sería de buen gusto, por lo cual le rogarán seguramente que deje de provocar por el bien de todos. De otro modo, corre el riesgo Martínez Camino de que el grupo Lambda, por ejemplo, que ha sostenido una larga lucha desde Valencia por la dignidad de los homosexuales, convoque a los gays del mundo en una concentración paralela a la de Su Santidad en Valencia, con ellos y sus familias, para que Martínez Camino y los suyos no se queden solos en la defensa de la institución.