RAFAEL TORRES
A la derecha española, el presidente venezolano Chávez no le hace ninguna gracia, y la izquierda, que sí se la encuentra, lo disimula ferozmente para que no vayan a acusarla de populista, de folclórica, de radical y de connivente con las dictaduras. A la derecha española, que cuando gobernó Aznar tuvo sus devaneos con los golpistas que a punto estuvieron de derrocar al presidente legítimo, le sulfura la conexión expresada democrática y recurrentemente en las urnas desde 1998, circunstancia a la que no es ajeno el hecho de que los gobiernos de Chávez han duplicado el gasto social en beneficio del pueblo y, particularmente, de los más carenciados. Esos recursos propiedad de la nación que antes acababan en los bolsillos de los magnates y de los políticos corruptos, y que ahora se destinan a educación, a sanidad y a infraestructuras (aunque aquí, en Europa, apenas se informe de ello), han venido siendo, junto al refuerzo de la soberanía del país y a la mayor reivindicación de su dignidad frente al poder de Bush, el mayor aval de su reciente victoria, más neta e incontrovertible que las anteriores.
A la derecha española no le gusta Chávez, y la izquierda, a la que le gusta un poco pero se lo toma como un feo pecado que se debe ocultar, no le comprende demasiado. Sus conciudadanos, en cambio, aprecian y defienden la herramienta, el voto libre, que hoy les permite otorgarle su confianza y mañana, si la traiciona, poder prescindir de él.