Las cosas claras

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JOSÉ RICARDO SEGUÍ Se ha roto el Palau de les Arts, o mejor dicho, se ha venido abajo el escenario principal del mastodóntico coliseo valenciano apenas un par de meses después de su apertura. Casi nada. Y la temporada, quizás ahora lo menos importante aunque hablamos de algo muy trascendente que debe analizarse en el futuro más inmediato, en el aire o con una solución de dudosa provisionalidad. Aunque bien es cierto de que se trata de un suceso triste que nadie deseaba ni podía imaginar, también lo es el hecho en sí mismo. Y, sobre todo, los múltiples interrogantes que se vuelven en torno a un proyecto inacabado, cuyo coste supera ya los 250 millones de euros y que, si se permite la expresión, huele ahora todavía más a improvisación política, a simple gesto de inauguración y lujoso protocolo.
Es el mismo aroma que envuelve al ingente número de aficionados que tienen metidas las manos en el coliseo pero con currículo de profesional -demasiado amigo y familiar recolocado, demasiado contrato de última hora sin experiencia-; la cuestionable preparación de los políticos de los que depende el coliseo y las numerosas concesiones que, por lo visto y ante la demora en la conclusión de las obras, se han permitido. De otra forma, que alguien explique cómo es posible que el «más importante y moderno coliseo del mundo», como así han coreado políticos y gestores autonómicos, puede sufrir un contratiempo de esta relevancia y, sobre todo, de la trascendencia política y económica de la que hablamos. Una triste broma que ya ha dado la vuelta al mundo.
Pero hay muchas preguntas que alguien debería contestar. ¿Cómo es posible que hasta 48 horas después del suceso nadie hubiera dado la cara para explicar los motivos del desastre? ¿Cómo se puede jugar con el público y los aficionados -muchos de ellos apenas saben y lo que saben es por los medios de comunicación que dan a conocer lo que han averiguado por su compromiso público y sin confirmación oficial? Y más aún, que siguen sin saber porque nadie quiere que se sepa una grave verdad que algún día tendrá que saberse cuando se debería exigir su transparencia.
Grave es también que para la propia televisión autonómica -Canal 9, un ente que informa a los valencianos y cuyo mantenimiento corre a cuenta del presupuesto público- el suceso casi no haya existido. Sin ir más lejos, en internet el número de referencias ya da vértigo. ¿Por qué ese miedo a la realidad? Es verdad: «El poder depura las costumbres o las corrompe».
Preocupante es comprobar cómo es posible que se dé por buena una infraestructura sin tiempo de rodaje y pruebas. El edifico se entregó en septiembre y la primera representación fue apenas un mes después, cuando es necesario casi un año para tener pruebas palpables de que los errores no existen. ¿Quién realizó un control de calidad? ¿Se efectuó? ¿Qué sucede con las obras públicas? ¿Nadie las supervisa o se revisan a la carrera? Vamos más allá. ¿Quién pagará las consecuencias? ¿Volverá a correr a cargo de las arcas públicas? ¿Qué problemas de sonoridad y estabilidad existen en el auditorio superior? ¿Se levantará el trencadís? ¿Han avisado o no a los músicos de la orquesta de la Comunitat Valenciana de que hasta nuevo aviso lo próximo ya está anulado? ¡Qué ha hecho Maazel a su llegada a Valencia??
La única realidad en estos momentos es que, al parecer, en caso de cancelarse o retrasarse la temporada, contratos de directores artísticos, musicales, escenógrafos, figurinistas, artistas... quedarían al margen por tratarse de un suceso de «fuerza mayor» y la devolución a los abonados ya se explicará.
Aún así, la imagen del pasado domingo a la hora del supuesto inicio de la representación operística simbolizaba, como en el mundo de la ópera, una nada deseable realidad: media docena de ujieres tocados con capas negras que ondeaban ante un gélido viento y teniendo tras de si un edificio con sus luces apagadas, informaba de que la función había sido suspendida hasta nuevo aviso.
Frente a una clase política, preocupada por los gestos y con un apetecible puente por delante, pero responsable del destino de las inversiones públicas, sería higiénico saber toda la verdad. Así que, ya tardan.

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