Los que maman del ladrillo

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FRANCISCO MORA El derecho a vivir bajo un techo ha degenerado en el mayor grado de corrupción que ha visto este país en toda su historia. Derecho que junto al de la salud y la educación debería ser la base de un Estado que se proclama social como el nuestro. Cuando se inició la escalada de la carestía de la vivienda se hizo responsable a lo que dimos en denominar su majestad el palmo cuadrado, por la repercusión que sobre el precio total de cuatro paredes y un tejado tenía el terreno. Pero como los políticos vieron en el negocio de la construcción un cómodo y seguro cauce de engordar las arcas municipales, comenzaron enseguida a hacer la vista gorda dejando las manos libres a los constructores, ya que, cuanto más subían los precios de los inmuebles, más dineros ingresaban. En principio, aquellas gabelas se dedicaban, como todos los impuestos, arbitrios y alcabalas, a contribuir a los costos de los servicios públicos. Pero cuando el gremio del ladrillo empezó a mover cantidades cuantiosas primero y desorbitadas después, los buitres con cargo público comenzaron a planear sobre esos dineros, y con el pretexto de financiar los partidos políticos se arregostaron a distraer la parte del león para sus propios bolsillos.
Camino que nos ha llevado a un callejón sin salida, porque la corrupción sobre el suelo y lo que sobre él se levanta ha adquirido caracteres de escándalo tal, que es la causa principal del agobio económico en que viven el cien por cien de las familias que dependen de un salario. Ningún sueldo de un trabajador de base, e incluso los de la mayoría de los muy calificados, da para la compra de un piso, dadas las cantidades que han llegado a imponer en el mercado los magnates del ladrillo, con la más absoluta bula por parte de los gobiernos sucesivos que ha sufrido y sufre este país. A estas alturas, hablar de la repercusión del suelo en el precio de la vivienda es un sarcasmo. La aristocracia del ladrillo, en la que han ingresado muchos analfabetos sin oficio ni beneficio que se han hecho y se están haciendo multimillonarios, goza de impunidad mientras vaya engrasando las ruedas de la carreta de la Administración. Están corrompiendo a una clase política que se ha revelado como absolutamente maleable, y así hacen mangas y capirotes, dedicados a aumentar el precio de la vivienda hasta hacerlo, como hemos dicho, prohibitivo, convirtiendo una necesidad pública en un lujo al alcance de muy pocos.
Los bancos, esos modernos usureros, también con bula mientras condonen deudas a los partidos políticos, y contribuyan a sus cuantiosos gastos electorales y al boato y buena vida de sus gerifaltes, han descubierto la manera de sacar tajada del despropósito en que se ha convertido el negocio de la construcción, con la fórmula de incentivar el ascenso salvaje de los precios de la vivienda hipotecando de por vida a las familias más humildes, que se ven obligadas a pasar por el tubo si no quieren ir a vivir debajo de un puente. Todos los partidos políticos son cómplices del cul de sac a que hemos llegado, porque la carrera del enriquecimiento a través de poner un ladrillo sobre otro, comenzó con el franquismo y después de pasar por la gobernación del país el centro, la izquierda y la derecha, nadie le ha puesto coto a tal depravación social, que se ha convertido en un nuevo estilo de bandolerismo, que deja en ridículo a los Siete Niños de Écija y sus correrías por Sierra Morena.
Es innegable que en la corrupción del ladrillo está el origen de un desprestigio como no había sufrido jamás la clase política, en la larga historia del país. Ni los politicastros de finales del XIX y comienzos del XX, que, enzarzados en sus luchas intestinas, dieron lugar a la guerra de África, la pérdida de Cuba y Filipinas y al histórico pesimismo español, ni la generación de políticos que prefirieron los tiros al diálogo y provocaron una incivil guerra, fueron cómplices de tan ignominiosa corrupción. Ni siquiera la satrapía dictatorial del franquismo decepcionó tanto a este pueblo, que nunca creyó en sus cantos de sirena, como los mediocres egoístas que se suceden en el poder actualmente, sin la mínima intención de regenerar la vida pública del país. El atraco que significan los exagerados costos finales de la construcción, no se frena porque a los ladrilleros y a los banqueros no les interesa una decisión política en ese sentido. Ellos están aquí para forrarse. Y a fe que lo están consiguiendo. Por mas que se empeñen los jueces. Los que maman del ladrillo son más que ellos y el dinero tiene mucha fuerza.
El puyazo: suma y sigue
Lamentable que este rincón tenga que estar hoy dedicado al ladrillo también. Parece una maldición, pero la actualidad se impone. ¿Y quién sabe si la causa del hundimiento del escenario del Palau de les Arts no está en la prisa por poner un ladrillo sobre otro, contra toda medida de previsión en cuanto a seguridad? Uno ni es experto en construcción ni en casi nada, pero sí que tiene el antifonario pelado de soportar políticos de todo pelaje y trapío, y sabe las barbaridades y estupideces que puede llegar a cometer un poncio para cortar una cinta en el momento programado, con la presencia de las cámaras de televisión. ¿Alguien ha pensado alguna vez en que puede acabar dentro de unos años la fiebre de automonumentalizarse a base de obras públicas, del ZP del Partido Popular? De todos modos no hay que preocuparse en demasía. Al fin y a la postre, asistimos a una escena más del gran teatro del mundo, protagonizado por los que viven del cordero.

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