FERNANDO DELGADO
Marco Antonio Pinochet, hijo del célebre asesino y corrupto ciudadano del mismo apellido, dijo que su papá, después de que sufriera un infarto, estaba en las manos de Dios. Siento confesarles que no me preocupé por el papá de Marco Antonio tanto como por las manos de Dios, más que nada por esa preocupación por Dios que me invade cada vez que un ser siniestro pone a la divinidad por medio. Ya sé que es preocupación un tanto inútil la de una ínfima criatura como uno por un ser todopoderoso que bien sabrá librarse de cualquier atropello, pero la impostura de algunos que se dicen hijos de Dios me pone de los nervios. Tanto que lo más cómodo en estos casos sería no creer en Dios, con mucho respeto hacia la gente decente, incluso heroica, que sí cree en Él, debido a que quienes lo usan desde el delito lo convierten en materia de engaño para consumo de creyentes.
Y esto es lo que no comprende un lector que me afea con mucha frecuencia mi reiteración en el asunto divino, no sé si porque él no cree en Dios o porque cree demasiado en los que lo nombran en vano, ya sea con uniforme militar, eclesiástico o en pantalones vaqueros. Lo cierto es que imaginar al gran dictador en manos de Dios, y a Dios con sus manos machadas, me produce cierta compasión de Dios por los compromisos a que pueda llevarle su infinita misericordia. Yo, desde luego, no me quisiera ver en el trance de tener en mis manos a Augusto Pinochet, un ser tan execrable. Ayer mismo oía en la radio su voz cuando se preguntaba a quién iba a tener él -asesino y ladrón sin arrepentimiento- que pedir perdón, y si no era a él a quien tenían los comunistas que pedirle esa gracia.
Oía esas palabras mientras un obispo castrense le llevaba a la sagrada extremaunción a este preso domiciliario, que de esa comodidad carcelaria no ha pasado, y lo veía caminar a la vida eterna, tan contento quizá de llegar al Paraíso, sin arrepentirse de nada, ni haber sido juzgado en la tierra debidamente. Me cuesta imaginar un Paraíso poblado de criminales como Pinochet, sin arrepentimiento alguno, pero a un devoto manifestante suyo que portaba ayer un retrato, bajo el cual se leía «inmortal», seguro que le parece lo más normal que Pinochet desplace a Cristo de la diestra del Padre para ocupar su lugar.