EMILI PIERA
Para reparar los efectos de su discurso en Ratisbona, el Papa Benedicto XVI ha tenido que ir de romero a Turquía. La peregrinación es un típico espacio expiatorio y, una vez en él, hay que admitir que el Pontífice ha sido más decidido y desenvuelto -se nota que es un territorio que domina- que la mayoría de los políticos europeos: insistir en los riesgos del Islam -también los tiene y no pequeños, el cristianismo- no nos hará ni más sabios ni más generosos y, a escala práctica, no nos ayudará a entender la legitimidad de las aspiraciones turcas. El Papa ha pedido, y eso es lo importante, que Turquía esté en Europa.
La posición de Europa frente a Turquía y sus pendencias con Grecia ha estado lastrada por un reticente y soterrado complejo de superioridad, pese a que los anatolios llevan cien años de deslizamiento voluntario -un movimiento de placas cultural- hacia el alfabeto, la vestimenta, los usos y las instituciones europeas. Cierto que el proceso es muy lento y que hay que estimularlo en lo tocante a libertades y derechos, a la diversidad cultural (armenios y kurdos) y a la completa separación de poderes. Pero no saquemos mucho pecho: todas las penínsulas europeas del sur hemos vivido hasta hace cuatro días bajo el aliento de hiena de los espadones.
Turquía se dará y nos dará más cosas dentro que fuera de la UE. Podemos exigirle lo debido, pero no pedirle lo que no se puede ni se debe (y además es imposible): que tenga otra historia o religión, o que Chipre no sea tan complicada, entre otras cosas porque un fascista griego tuvo la ocurrencia de invadirla en 1974, lo recuerdo muy bien. Nos sentimos herederos de Platón y Pericles, de Pitágoras y Jenofonte pero, políticamente, Grecia, salvo con Alejandro, no pasó de jaula de pueblerinos soberbios, mientras que el imperio otomano fue modelo de eficacia política. Incluso en su agonía, el imperio se reconvirtió en estado nacional con tanta energía como Inglaterra.
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