JUAN ANTONIO BLAY
Los agujeros en las obras del AVE en pleno cinturón de Barcelona no se solucionan únicamente con camiones de cemento. Como quien no quiere la cosa y sin avisar, este asunto se ha convertido en uno de los problemas más espinosos y delicados para el Gobierno de ZP en sus casi cuatro años de gestión. ¿Para qué negarlo?, la comparecencia voluntaria del presidente del Gobierno en el pleno del próximo miércoles en el Congreso de los Diputados se presenta como la más morbosa de todas cuantas ha realizado en la presente legislatura. Más incluso que los debates en torno al Estado de la Nación o al Estatut catalán. En esta ocasión, su oponente no va a ser el líder de la oposición, Mariano Rajoy, o los portavoces de los grupos catalanes, cuyos discursos ya están descontados de antemano. Zapatero tendrá ante sí una audiencia millonaria: los ciudadanos de a pie, ni más ni menos. Es decir, electores en estado puro. Ellos son los que aplaudirán sus explicaciones o quienes le abuchearán, lo que se traduce, dadas las fechas en las que nos encontramos, en votos bien a favor, bien en contra; o lo que casi puede ser peor para que consiga revalidar la victoria de 2004: quedarse en casa y no acudir a la urna.
Así están las cosas. En términos políticos, la votación exitosa del pasado miércoles en el debate parlamentario de totalidad del proyecto de presupuestos generales del Estado para 2008, sin duda, fue la más importante del año -siempre esa votación es para cualquier Gobierno la más importante-, pero en términos sociológicos, su intervención del miércoles será, sin duda, la más trascendente. De su resultado, planteado en términos muy sencillos: o convence o decepciona, dependerá en buena medida una parte nada despreciable el ánimo que almacene el subconsciente ciudadano sobre su gestión. Puede parecer exagerada esta reflexión, pero así será. Y en esa apreciación poco influirán los medios de comunicación, digamos, tradicionales; su impacto también esta descontado a estas alturas del partido y cualquier lector inteligente podría hacer en estos momentos el listado de los alineamientos correspondientes. Los ciudadanos, sobre todo los catalanes y aquellos que forman parte del cinturón rojo de Barcelona, percibirán nítidamente si Zapatero les llega o les deja indiferentes.
El caso es que este asunto, tan poliédrico y técnicamente complejo, lleva camino de convertirse en argumento visceral. En los últimos tiempos se ha tenido que cerrar el metro en Palma de Mallorca por errores de una Administración anterior, han fallecido 42 personas en un trágico accidente en el metro de Valencia, se ha inundado un complejo como el Palau de les Arts en el 50 aniversario de la riada en la ciudad del Turia -ojo, más de 300 millones de euros, el cuádruple de lo que presupuestó Zaplana-, se hace estallar por los aires el Tribunal Constitucional, por poner unos cuantos ejemplos, y no pasa casi nada, por no decir nada de nada. El asunto principal está aquí y ahora en las incidencias en las obras del AVE a las puertas de Barcelona, con sus consecuencias en el transporte de cercanías, con dos agravantes temporales: el desafiante anuncio de la fecha del 21 de diciembre para realizar el primer viaje hasta la Ciudad Condal y la decisiva jornada del 9 de marzo de 2008 para votar. Más vale que esté espabilado y despierto Zapatero el miércoles por la tarde o muy probablemente empezará a tener un panorama zarrapastroso (palabra que también lleva la letra z).