MARTÍN PACHECO
Entre las personas no religiosas, aceptar positivamente que otros piensen de un modo distinto, que deseen cosas diferentes y que los proyectos de vida personal propios sean posibles en un marco común que no los impida, recibe el nombre de tolerancia. Sin embargo, y según Benedicto XVI, para los cristianos esa misma realidad inevitable constituye «el martirio incruento de la vida ordinaria» con el que deben «hacer frente» a una sociedad «secularizada». Uno no entiende que haya que hacer frente a una sociedad secularizada, es decir, organizada con independencia de toda confesión religiosa, aunque las permita todas. Mucho menos entiendo ese «martirio incruento de la vida ordinaria» que consistiría en padecer negativamente que otros piensen de un modo distinto, que deseen cosas distintas y que lleven a cabo proyectos de vida propios. Que a eso le llamen martirio no me cabe en la cabeza.
- Hace dos legislaturas autonómicas, y después de que Aznar inaugurara una traviesa, Camps se presentó a las elecciones con unos carteles inmensos en los que discurría un AVE imaginario. Me recuerdo esto a mí mismo porque no deja de ser injustamente paradójico que quienes no hicieron el AVE cobraran dividendos electorales y quienes lo están ejecutando acaben electrocutados. La verdad es que después de la tragedia del metro o, por ponernos más recientes, después de ese desastre interminable que es el Palau de les Arts, uno no acaba de entender ese sentido del humor tan poco inglés que desplegaba Gauden Villas en estas páginas el pasado miércoles a cuenta de los socavones en Barcelona (De Barcelona a la galaxia). A no ser, claro está, que su cargo de director general de Relaciones Externas de la Generalitat le obligue por contrato a buscar pajas en el ojo ajeno.
- A mí no me gusta escribir aquí de estas cosas (para eso está la sección de Cartas al director), pero no puedo evitarlo: acabo de leer un artículo de opinión firmado por Vicente Ferrer, vicepresidente de la Diputación de Valencia y diputado de Cultura, que titula Una valenciana accidental y que dedica a Mª Teresa Fernández de la Vega. No comparto su idea ni sus argumentos, que me parecen mezquinos y que, por otra parte, responden al vademécum puesto a ventilar por su partido. Nada que objetar: cada uno piensa como puede. El final del artículo es, sin embargo, algo más que un punto de vista: es una estupidez. ¿Quién coño le autoriza a expedir certificados de pureza de sangre o de valencianía accidental? ¡Quina falta de substància!