LENTE DE CONTACTO

Liberales

 
Enviar
Imprimir
Aumentar el texto
Reducir el texto

JUSTO SERNA Con motivo de la ampliación del Museo del Prado he experimentado algo especial al ver a la Familia Real posando delante del óleo Fusilamiento de Torrijos y sus compañeros, de Antonio Gisbert. José María Torrijos fue ministro de la Guerra durante el Trienio Liberal. Con grave coste: desde su exilio en Inglaterra se pronunciaría en varias ocasiones contra el absolutismo de Fernando VII, antepasado de Juan Carlos I. Finalmente apresado, sería fusilado el 11 de diciembre de 1831 por delito de alta traición, sin juicio previo. Pienso en él y en el cuadro de Gisbert desde la adolescencia. Pienso en lo que aquellos revolucionarios del Ochocientos soñaron y siento melancolía? o alivio.
Hay ciertos momentos de la historia en que las instituciones dejan de funcionar del modo conocido. No hay ya predicción que se cumpla. ¿Las causas? Quizá un desastre o un cataclismo que nos obligan a salir de la inacción para idear algo nuevo. O tal vez la obstinación de unos hombres concretos que se empeñan en remover las cosas. ¿Cómo examinar lo que hicieron los liberales del Ochocientos? ¿Cómo evaluar lo que acometieron los diputados que elaboraron la Constitución de 1812?
Juzgando lo sucedido a partir de 1789, Edmund Burke se pronunciaba con dureza en sus Reflexiones sobre la revolución francesa. La revolución era innecesaria, decía, pues sólo había anegado con sangre lo que pacíficamente, con tiempo y con moderación, el absolutismo habría permitido: una reforma que habría dado paso a un régimen mixto. Examinando ahora sus efectos duraderos, la revolución se nos antoja inevitable y su máxima elaboración -los textos legales en los que se reconocen los derechos del hombre y del ciudadano- la vemos como un logro admirable del proceso de civilización. Sin embargo, si evaluamos sus consecuencias inmediatas -los choques que provocó y el derrumbe a que llevó-, la revolución puede juzgarse muy negativamente. Sólo porque las tropas napoleónicas exportaban las ideas revolucionarias y ocupaban territorios es por lo que los españoles de ambos hemisferios quisieron oponerse a la invasión dándose la misma medicina que administraba el usurpador: una constitución que acabara con el dominio absolutista de la propia monarquía española.
El texto legal era un logro memorable, pero su aprobación y su aplicación, con las resistencias de Fernando VII, iniciaron los choques más graves y prolongados entre españoles. Eso fue nuestro siglo XIX y, frente al tópico más reiterado, la violencia que se dilató no era el resultado de un constitucionalismo de partido, no era el producto de una Carta Magna impuesta a los enemigos, sino consecuencia de la oposición intransigente de quienes sólo admitían la constitución histórica de España: aquellos que pensaban la nación española como esencia católica. Una esencia católica atribuida a la nación milenaria o la Alianza del Trono y del Altar postulada por los reaccionarios eran, seguramente, los dos obstáculos principales a los que debía hacer frente la historia constitucional de España. Luego, además, el uso partidista de la Carta Magna, de la primera o de las restantes, su empleo particular y su vulneración para beneficio de este o de aquel partido o incluso para ventaja de algunos Borbones aprovechados agravaron el hecho.
Los primeros liberales no aceptaron la evidencia presunta de las cosas y sometieron todo a escrutinio, poniendo en entredicho lo heredado y lo aceptado. Apelaron, sí, al pasado y dijeron encarnar una tradición, pero en realidad fueron más lejos: idearon un porvenir diferente reinventando a su manera la política, la sociedad y la vida, la noción misma de felicidad, tan dieciochesca. Impugnaron la soberanía del monarca, investido directamente por Dios, por una Providencia arbitraria y tiránica; propugnaron la separación de poderes para evitar la confusión de funciones y jurisdicciones que era la fuente de todas las granjerías; establecieron el principio de la igualdad jurídica, el inicio de los derechos civiles, unos derechos pensados como naturales y encarnados en cada uno de los individuos, participantes de un Estado constituido por buenos burgueses. Aquellos primeros constituyentes creyeron realizables esos objetivos porque suponían perfectible al hombre, porque confiaban en el progreso, tal vez con algo de exageración y de ingenuidad. Aquellos primeros constituyentes, en fin, no se dejaron amedrentar por calamidad alguna, no se dejaron abatir a pesar de sus repetidos fracasos, a pesar de la crueldad probada de sus enemigos.
Veo ahora a Torrijos y veo a Juan Carlos I, sucesor de Fernando VII? y qué quieren: me conmuevo ante esa contradicción vieja y resuelta.

COMPARTIR
 
  HEMEROTECA

últimos vídeos en levante-emv.com

  LA SELECCIÓN DE LOS LECTORES
 LO ÚLTIMO
 LO MÁS LEÍDO
 LO MÁS VOTADO
  CONÓZCANOS:  Contacte |  Atención al lector (edición impresa) |  CONÓZCANOS |  LOCALIZACIÓN |  CLUB DIARIO LEVANTE |  POLITICA MEDIOAMBIENTAL     PUBLICIDAD:  TARIFAS  
Levante-emv.com y Levante-EMV son un producto de Editorial Prensa Ibérica
Queda terminantemente prohibida la reproducción total o parcial de los contenidos ofrecidos a través de este medio, salvo autorización expresa de Levante-emv.com. Así mismo, queda prohibida toda reproducción a los efectos del artículo 32.1, párrafo segundo, Ley 23/2006 de la Propiedad intelectual.
 


  Aviso legal
  
  
Otros medios del grupo Editorial Prensa Ibérica
Diari de Girona  | Diario de Ibiza  | Diario de Mallorca  | Empordà  | Faro de Vigo  | Información  | La Opinión A Coruña  |  La Opinión de Granada  |  La Opinión de Málaga  | La Opinión de Murcia  | La Opinión de Tenerife  | La Opinión de Zamora  | La Provincia  |  La Nueva España  | Mallorca Zeitung  | Regió 7  | Superdeporte  | The Adelaide Review  | 97.7 La Radio  | Blog Mis-Recetas  | Euroresidentes  | Lotería de Navidad