EMILI PIERA
El otro día, un amigo experto en vinos se disculpó por llegar tarde a nuestra cita porque estaba en una cata de aguas. Creía que se trataba de probar balnearios a ver cuál es mejor para el hígado y cuál para el cutis, pero no: se lanzaron al empeño de valorar la calidad de una serie de aguas nacionales y de importación y eso que el agua es «un líquido incoloro, inodoro e insípido que cuece bien las verduras y hace espuma con el jabón». Un día después, me encontré con un bonito muestrario de aguas minerales -a siete y ocho euros la pieza- en la sección de delicatessen de una tienda. Las había de Finlandia y Nueva Zelanda.
En casa tengo instalada una magnífica depuradora que convierte el agua de Rita, perfectamente potable, en un líquido, además, apetecible. Dicen que no hay hielo para el güisqui como el de los glaciares argentinos y que el secreto de los grandes maltas escoceses es el agua. Para remitirnos a la ciencia, a lo probado experimentalmente por uno mismo, la verdad es que no he logrado efectos milagrosos con ninguna clase de agua, incluso sometida a los sones mesméricos de una campana tibetana: no he conseguido que me creciera el pelo. El agua sigue siendo espléndida para lavarse los pies y para hacer más llevadero el trabajo del riñón, al que tanto debemos.
Ahora los modernos de The New York Times, muy en sintonía con Al Gore, hacen campaña a favor del agua de grifo. Como San Francisco y Donosti: dicen que si damos por inaceptable el agua del grifo, los ayuntamientos no invertirán en su mantenimiento. Ya pasa: bastantes municipios siguen cobrando como potable agua que ya no lo es -nitratos- y hay un trajín de envases y combustible derrochados tras el agua embotellada. Si la del grifo no es fiable, pido la de Bejís o Benassal que caen a mano. Con la moda de las aguas de etiqueta, don Josemari Aznar, que ya casó a la niña en El Escorial, bautizará a los nietos con agua del Jordán que de puro disputada debe estar carísima.
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