MANUEL MILIÁN MESTRE
Nunca oculté mi condición de católico militante, con muy dotados argumentos para sentirme dolido por el adefesio de la nueva ley de la Memoria Histórica, que, no sólo abrirá heridas familiares y sociales, sino planteará sin duda un clima de enfrentamiento gratuito, extemporáneo y odioso.
¿Qué persigue mi amigo Zapatero con esta ley tendenciosa y angularizada? ¿Acaso obedece a alguien o a alguna organización, como me aseguran que confesó en cierto momento por la reforma de la ley de educación? Bastaría revisar la lista de ministros de Educación en los gobiernos socialistas para despejar todas las dudas. El complot del secularismo no oculta apenas la procedencia?pero el daño social de esta ley de Memoria Histórica ya está hecho con el solo enunciado de su intencionalidad. Yo mismo me preguntaré: ¿a quién honro, a mi padre que combatió en la guerra civil con la República en Valencia o a mi tío, historiador y sacerdote, con el me eduqué, y que por tres veces vinieron a buscarlo los del bando republicano para asesinarle? Al no dar con él, hicieron una hoguera a la puerta de su casa con todos sus libros, ficheros y el original de un par de obras históricas que estaba escribiendo.
Otro sí: ¿debo venerar la memoria de mi tío-abuelo, destacado comunista de Forcall (Castelló) fusilado por los nacionales, tras resolución de un tribunal de guerra en 1938, o debo honrar a mi abuelo, su hermano, que en 1936 fue condenado a muerte por los revolucionarios y encarcelado en Castellón, sin llegar a cumplirse la sentencia -nadie sabe por qué- durante esos casi tres años de cárcel? Me pesa la memoria desgarrada de mi familia, que en casa me ocultaron hasta que en 1966 lo descubrí mientras preparaba un trabajo para la universidad. En mi familia esa esquizofrenia había constituido un secreto para hijos y nietos.
Hoy me duele el alma, y también esta España fratricida, al tener que recordar esas cosas; al tener que revisar los dramas familiares; al tener que revivir aquel amargo recuerdo, a mis 6 años, el día en que mi abuela y mi madre me prohibieron atender los cariños y el amor que me demostraba la tía María la Roquisa, vecina de la casa de al lado de mis abuelos, que no supe hasta muchos años después -ya fallecida- que era la viuda de mi tío-abuelo rojo. O me tengo que cuestionar a mí mismo porque a los 50 años hube de descubrir por el notario que había recibido, con mis primos y hermanos, una casa en herencia de otra tía, hermana de mi abuela, de cuya existencia jamás supe porque era una feroz republicana. ¿Es justo, más de 70 años después, arrancar de la memoria herida semejantes tragedias familiares?
Siempre respeté desde mis profundas convicciones cristianas a los otros, al prójimo, al represaliado, al exilio. Y los busqué por Europa y América, para darles ayuda y comprensión. De ahí nació mi amistad profunda con Tarradellas y familia en el exilio de la Lorena; o mis visitas y cenas en el Trastévere con Rafael Alberti y María Teresa León a los que llevaba vinos y productos españoles; o al portero de la embajada argentina en París, Sr. Prat, industrial anarquista catalán que entregó su fábrica a los obreros voluntariamente. Y a tantos otros que podría aducir. Por eso, todavía hoy, peregrino cíclicamente a Castres (Francia) para gozar de la amistad y el cariño de unos exiliados catalanes que son para mí un ejemplo de dignidad y ciudadanía. Esta nueva ley me duele, pues me devuelve la esquizofrenia patria de los míos.