FERNANDO DELGADO
El juez del 11-M, Javier Gómez Bermúdez, ha dicho que «los juicios paralelos buscan equiparar la investigación judicial con la periodística». ¿Es eso lo que defendía esta semana en el Congreso el diputado popular, Jorge Fernández Díaz, al erigirse en defensor de los medios de comunicación y de los periodistas que han urdido con el PP la llamada teoría de la conspiración? ¿Daba así una prueba de lealtad hacia quienes desde una emisora de radio y un periódico han venido guiando el camino del PP, siguiendo sus pasos por la senda de un deliberado engaño o caminando juntos en un empeño en el que es evidente que quieren aparecer, no ya como las otras víctimas del 11-M, sino como las verdaderas víctimas de aquella barbarie? ¿Contribuía a eso el grotesco subrayado a semejante anomalía que aportaba el delirio de un ridículo José María Aznar, ratificándose en su resentimiento, para situarnos en el escenario de esperpento que tanto reproduce con indignidad?
Produce tanta hartura como asco la insistencia en el error, el comportamiento antidemocrático y el despojo del más mínimo indicio de ética con que aparecen a la luz de la justicia y del sentido común estos trapisondistas. Pero que en ese contexto, Fernández Díaz tratara de defender la libertad de expresión desde el Congreso, como si quienes reclaman de él, de su partido y de sus cómplices el reconocimiento de lo evidente les hurtaran el derecho a expresarse, podría ser una muestra de cinismo si no constituyera un ejercicio de desvergüenza. La desvergüenza es más fácil que genere desolación que risa, pero que un diputado termine destacando el prestigio alcanzado por el periodismo de investigación, suponiendo que tiene por tal al que con mercadeo de delincuencia y bajezas innumerables ha ido fabricando insidias y deformaciones de la realidad que contrarían la investigación de los tribunales de justicia, produciría risa si no originara espanto.
La fiscal Olga Sánchez, víctima de esos desafueros, ha calificado así la pretendida investigación de ese periodismo: «Nauseabundo, repugnante y mezquino». Cualquier periodista tendría que agradecer a Fernández Díaz su defensa del periodismo más acreditado si no fuera porque este improvisado comunicólogo debe tener por periodismo de investigación a lo que llaman tal en los programas televisivos del corazón y la alcoba, es decir, a la recopilación de cotilleos, simplezas o invenciones con que forjan su negocio de las intimidades. Y otro tanto sucede con las especulaciones de la prensa amarilla.
Y si ese periodismo de especulación es el que él toma por periodismo de investigación, no cabe la menor duda de que quien con él camine en busca de la verdad puede terminar en las cloacas. Pero no porque la verdad se oculte entre los excrementos, sino porque ese es el final del camino de los que pretenden suplantarla y donde les será fácil encontrarse con Aznar. Que en eso se empeñe una fuerza política con gran implantación es de temer, que lo haga una empresa periodística es lamentable, y que lo propague una emisora de la iglesia católica es un escándalo de enormes proporciones en una iglesia degradada. Pero eso es a lo que llama Fernández Díaz libertad de expresión, con lo que queda claro su sentido de la libertad. Y de la expresión.