PEDRO DE SILVA
Igual que no hay necrológica mala, todo el que deja de competir en la cancha política obtiene gloria póstuma. Por tal razón no se hará aquí la necrológica benévola de Manuel Marín, por merecida que sea. Su salida de la política interesa más como síntoma. Manuel Marín intentó practicar una cierta independencia, como presidente de las Cortes, pero en España el que intenta la independencia política sólo tiene un destino: ser victimado a la vez por tirios y troyanos.
El independiente no es sólo sospechoso, sino visto como un mal a erradicar, no sea que corrompa a la juventud. La falta de vocaciones de independencia -o sea, de pasión insobornable por la verdad- está detrás del drama político del Tribunal Constitucional y del Consejo del Poder Judicial. Sin independientes no hay partidos, ni tampoco partido. ¿Iríamos al fútbol sabiendo de antemano lo que van a pitar los árbitros?