EMILI PIERA
Como para Hugo Chávez, el presidente de Venezuela, se acerca al día del refrendo de su reforma constitucional dice cosas que agradan a su parroquia como que los españoles llegan de nuevo a expoliarles. Si es por decir, Chávez nunca defrauda: sólo es superado en logopatía por Fidel Castro, ahora tan mayor como aquel otro gallego de El Ferrol que se definía «dueño de sus silencios y esclavo de sus palabras». Creo que Chávez se encontró con un país reventón de petrodólares y gobernado por una casta de saqueadores del presupuesto público. Parece cierto que reparte el dinero del crudo -unos ingresos que no han dejado de crecer- entre diversos tipos de descamisados. La pobreza subvencionada no es el verdadero desarrollo, pero peor es no desayunar.
Creo que a Chávez no le interesa forrarse, sino ocupar el prime time: explicarles a los excursionistas cómo se arregla un pinchazo y a las amas de casa cómo aprovechar las peladuras de patata, a los granjeros cómo se ordeña una vaca y a los niños cómo se reza al ángel de la guarda (suponiendo que no quiera serlo él mismo). En Iberoamérica se desarrollan algunos populismos que van de la socialdemocracia homologable (Lula y Bachelet) a cierto indigenismo colectivista (Evo Morales). Con todos sus errores, son una esperanza que no puede matar un bocazas. Quizás no todas las empresas, españolas o sin patria, que es lo habitual, se portan allí de acuerdo con la ley ni prestan un buen servicio.
Y vuelvo al principio: el que sobrevivió no fue Abel. Los venezolanos de hoy descienden de los mataindios de ayer como los españoles de ahora venimos de los que se quedaron aquí. Ellos son sus propios invasores como nosotros somos nuestros propios catalanes o los norteamericanos sus propios británicos. Comprendo que esto es muy duro y que algunos optan por huir hacia la francofilia, el casal fallero o el poncho y el charango. Que lo gocen, cada cual arma su novela como sabe y puede.