FERNANDO DELGADO
En un hospital público preguntaron a unos enfermos crónicos qué tal se hallaban de fuerzas en la fe, si más debilitados o menos, o con qué frecuencia acudían a la Iglesia. Los responsables de la sanidad aclararon pronto que se trataba de un error: se habían formulado por descuido esas preguntas sobre hábitos religiosos, excluidas antes de un cuestionario original de 400 que habían quedado reducidas a 265. No había razón, pues, para la sospecha sobre la investigación de la fe de cada cual. Pero el conocimiento de este cuestionario, al parecer de origen estadounidense, aportaba información sobre la inquietud investigadora de los norteamericanos en torno a la relación entre la salud y el más allá, entre la ciencia y la teología y entre la manera del paciente de sobrellevar la carga de la enfermedad con la esperanza de la salvación. Ignoro si también llevaba la intención de evaluar los efectos que pueda tener en la salud la frecuencia con que se vaya a la Iglesia o si en la averiguación de las causas de una enfermedad puede contar también la mayor o menor higiene de los templos.
Todo eso puede tener mucho que ver con lo que redunden los efectos de los estados de ánimo de un paciente, sus costumbres y su imaginario personal en la enfermedad crónica. La ciencia médica se ve obligada a veces a ahorrarse pudores y a entrar en aspectos de la intimidad no estrictamente científicos. Lo más llamativo para mi fue, sin embargo, que un paciente haya de serlo por partida triple. Primero, por lo inevitable: hallarse bajo atención médica, que es una de las definiciones del término. Segundo, por ser paciente en la sanidad pública en cuyas demoras cualquiera se ve obligado a la paciencia más extrema. Y tercero, por tener la capacidad de soportar algo sin alterarse, que es en lo que consiste la paciencia. Y no me digan ustedes que ser enfermo crónico, estar hasta el gorro de la enfermedad y tener encima que contestar a 265 preguntas, ya sean religiosas o paganas, no es para salir de un hospital a gorrazos.
Ya sé que nuestras respuestas a las preguntas que permitan evaluar la realidad para cambiar a mejor lo que sea, y no digamos la salud, es un acto de solidaridad responsable. Pero proliferan tanto las encuestas en las que el mayor trabajo se nos da a los encuestados, muchas de las cuales acaban en innecesarios informes de innecesarios asesores de las administraciones públicas, que uno termina a veces teniendo la impresión de que resuelves el trabajo de otros.
Y pase que te llamen por teléfono a las nueve de la mañana o a la hora de comer, no ya para preguntarte si vas a misa, sino cosas más extravagantes, o que te pare una jovencita por la calle cuando más prisa tienes para que le resuelvas un cuestionario sobre el estrés. O que la compañía aérea que no te regala ni unos cacahuetes te dé el trabajo de señalarle sus deficiencias obvias. O que el hotel por el que pagas una buena pasta te pida que le des ideas para hacerlo mejor sin invitarte a un whisky. Todo eso, pase. Pero que tengas un enfermedad crónica, vayas a un hospital, y te sometan a un cuestionario de 265 preguntas, que baje Dios y lo vea.