FRANCISCO MORA
Si hemos de hacer caso de las fuentes que informan al chiquitín de can sotanas, lo de Santiago de Chile traerá más cola que el cometa Halley. Porque no es lo mismo que Zapatero salte a la arena espontáneamente para defender a José María Aznar de los furibundos ataques del gorila facha, a que lo haga obligado por el envite del Rey: «O defiendes a Aznar o me levanto y me voy». Y me niego a calificar de gorila rojo al presidente venezolano, como hace la órbita de la Cope, pues su carrera política se inició con un gorilazo bananero con todos los aditamentos inherentes al fascismo más hirsuto. Chávez era solamente un aspirante a burgués que se impacientaba. Un megalómano ambicioso. Sencillamente, un militarote bravucón y tremendista. Y los militares, forman parte en toda la América latina de las clases privilegiadas muy lejos de las hambrunas de la clase trabajadora.
Chávez era y es un desahogado fanfarrón, despótico y populachero con muchos ansias de poder al que ese «pueblo mío», que tanto dice querer, ya le ha visto el plumero y lucha por quitárselo de encima cuanto antes. Urge que Zapatero demuestre un mínimo sentido de Estado, desmintiendo, si está en condiciones de hacerlo, lo divulgado por la cadena radiofónica de los obispos sobre la supuesta exigencia que le obligó a lanzarse a la defensa del anterior presidente del Gobierno. Asimismo debe dejar de mofarse en las comparecencias electoreras ante sus partidarios, de la llamada telefónica de Aznar para agradecerle su intervención.
Los tiempos en que ser gobernante de su país era una de las empresas más serias que podía acometer un hombre, han pasado a la historia, pero entre lo poco y lo mucho hay un término medio que no alcanza ni de lejos el ínclito ZP. Las risas, gestos y zapatetas de cómico de la legua del presidente del Gobierno, para contar el telefonazo de su antecesor en La Moncloa, son de un mal gusto que rozaría la impudicia en cualquiera, y mucho más en quien toma decisiones sobre nuestros intereses económicos, culturales, sanitarios y laborales y pretende dirigir hasta nuestros sentimientos religiosos, éticos y morales. Con una irritante falta de seriedad, Zapatero se comporta como un niño con zapatos nuevos, presumiendo de la llamada de alguien de quien no merece ni el saludo más trivial.
La manera de producirse hasta en los asuntos más serios, da pie para pensar que en vez de emular a los gobernantes de fuste que en el mundo han sido, Zapatero lleva entre ceja y ceja la imitación de los caricatos más burdos y garbanceros, aptos para actuar solamente en las barracas de feria de la España profunda. Eso al margen de que sea cierta o no la noticia con que nos sorprendió el pasado jueves el antes jefe del comunismo aragonés y ahora chupacirios mayor de la radio episcopal, de la que debe salir al paso porque el silencio de los corderos se suele volver contra el que lo practica.
Al margen de lo políticamente correcto para el partido gobernante y sus corifeos, y en vista de la frivolidad de nuestros más conspicuos políticos para analizar el cúmulo de complicaciones, nacionales e internacionales, que gravitan sobre el país, es obligado decir que si Zapatero hubiera estado a la altura de las circunstancias le habría ahorrado al Rey una intervención que no le correspondía a su honorífica personalidad en la cumbre de Santiago de Chile. Pero como Zapatero no supo intervenir con la seriedad y suficiencia que cabe esperar de un jefe de Gobierno, apelando a la moderación de la presidenta para que Chávez le dejara terminar su exposición, el monarca se vio obligado a sacar la artillería para que no se lo comiera vivo el gorila facha venezolano. Porque basta visionar el video que ofreció este periódico para reconocer que Zapatero se estaba tambaleando en el cuerpo a cuerpo que le planteaba el líder bolivariano. De no intervenir el Rey, Chávez habría acabado ahogando la voz de Zapatero en un irrespetuoso alarde de prepotencia y mala educación.
El «¿Te quieres callar?» del Rey fue el gong que salvó a Zapatero del kao técnico, en un combate en el que el león de Caracas llevaba la mejor parte, en perjuicio de el bambi de La Moncloa. Pepiño Blanco y la señora De la Vega pueden cantar misas gregorianas en defensa de su jefe, pero la verdad es la verdad la, diga Agamenon o su porquero. Lo que ocurre es que en el fondo todos estamos deseando que PSOE y PP se entiendan, al menos en las cuestiones internacionales y en las que afectan al terrorismo. Pero está visto que ese entendimiento continúa siendo una misión imposible. Por falta de seriedad, sentido de Estado y calidad personal.
El puyazo: las golondrinas
Unos hacen fortuna dentro y otros fuera. De la política digo. Álvarez Cascos es de los segundos. Tres bodas desde que ejercía la critica taurina como «Don Pelayo». La segunda le salió pelin complicada. La tercera, de perlas. Gracias al talento artístico de ella y a los contactos de él, han facturado más de cinco millones de euros. ¡Joder con el doberman! Eso es trabajar bien y deprisa. Pero dicen que la pareja hace aguas. Se confirma que el dinero enriquece pero no garantiza la felicidad.
Acoplar ambas cosas parece difícil, pero ahí esta Mario Conde como excepción de la regla. Su fallecida esposa lo respaldó en la pobreza y en la abundancia, en casa y en la cárcel. Y ahora, triste y solo, el ex banquero vive una historia de amor desesperado que va más allá de la tumba. «Volverán las oscuras golondrinas/de tu balcón sus nidos a colgar/pero aquellas que aprendieron nuestros nombres/ aquellas no volverán...»
Tonifica recordar a Bécquer en este país metalizado, revuelto e insolidario. ¡Quién nos iba a decir que sería Mario Conde, quien le pondría un punto de romanticismo a la plúmbea España de Zapatero y Rajoy! Pero las golondrinas siempre vuelven. ¿O es que nunca se fueron? Que se lo pregunten a los funcionarios del ayuntamiento de Madrid.