JUAN ANTONIO BLAY
Incluso con la más paciente de las voluntades y el mayor de los esfuerzos intelectuales es difícil, muy difícil, hacer siquiera un somero análisis racional en torno al asesinato de un joven guardia civil y las graves heridas infringidas a otro ayer a manos de dos terroristas de la banda ETA en territorio francés. Al margen de las circunstancias concretas de lo sucedido lo bien cierto es que este hecho constata con crudeza la pervivencia de la violencia terrorista como único lenguaje en quienes pretenden objetivos tan mesiánicos como irracionales en Euskadi. Lo verdaderamente triste y tremendamente decepcionante es que esa realidad todavía mantenga seguidores y sirva como recurrente coartada para que terceros hagan en función de sus intereses lecturas que en nada aportan soluciones, antes bien tienden a complicar la existencia al conjunto de la sociedad vasca y española. Elgrave problema del terrorismo etarra tiene solución, pero únicamente si se basa en la aplicación del Estado de derecho y en el uso de la sensatez por parte de quienes tienen la responsabilidad de representar a la ciudadanía.
Las primeras reacciones suscitadas ayer tras conocerse el trágico suceso dan lugar a la esperanza. El presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, tras informar directamente al líder de la oposición, Mariano Rajoy, transmitió un mensaje firme, tal vez el más duro de los escuchados desde el Palacio de la Moncloa, en el que, sin el recurso fácil a la retórica, fijó el escenario que les espera a los terroristas: su detención y puesta a disposición de los jueces. Por su parte, Rajoy pronunció, tal vez por primera vez, unas palabras que se echaron de menos en otras ocasiones: respaldo sin fisuras al Gobierno para derrotar a ETA y apelación a la unidad de los demócratas. Sin lugar a dudas que la ciudadanía se sintió ayer más reconfortada tras escuchar a los dos mandatarios que en ocasiones anteriores. Ese ejercicio de racionalidad es el que se merece una sociedad moderna como la española y el que se espera de unos dirigentes cabales. Cabe pensar que el día de ayer signifique un punto de inflexión respecto a momentos pretéritos en los que han abundado ejemplos de otras actitudes, algunas diametralmente opuestas a lo visto y escuchado ayer.
Por la tarde se reunieron en el Congreso de los Diputados los grupos parlamentarios junto a representantes de los agentes sociales. Antes que elevar la trascendencia del asesinado terrorista de ayer en Francia la iniciativa es encomiable en línea con lo descrito: mostrar la firmeza y la solidaridad de quienes entienden que en democracia únicamente es posible el empleo de la palabra para el legítimo debate; nada más. El resultado de la reunión - este escrito se termina antes de conocer sus conclusiones - debe ser positivo para la sociedad y, sobre todo, debe servir como modelo de actuación en aquellas situaciones en las que haya que afrontar ataques del terrorismo. No es tan difícil, la receta es bien sencilla. El sentido común demanda y la ciudadanía exige ese comportamiento de sus representantes. Solo cabe esperar que cunda el ejemplo pensar que todo esto no sucede así por el mero hecho de que hay unas elecciones generales en ciernes. Que así sea.