FERNANDO DELGADO
Marc Eliot es el autor de una biografía de Cary Grant en la que uno encuentra más preguntas que respuestas sobre el personaje. Y no porque Eliot no escarbe en su complejo biografiado, sino porque cuanto más se acerca al personaje que realmente era, al que quiso ser o al que luchó por ser, unas veces con éxito, otras sin él, más se difumina tal vez el auténtico Grant, ciertamente escurridizo e inseguro. En Cary Grant. La biografía (Lumen), Eliot consigue un relato amenísimo que se corresponde con lo que uno espera de una vida tan rica en vicisitudes como la de Grant, tan tensa, y lo hace con muy amplia y detallada documentación, pero por mucho que los interrogantes sobre el Grant más fiable inciten a uno a lo largo de esas páginas a perfilar un Grant más o menos indiscutible, lo que importa, al fin y al cabo, al menos para mí, es que el mito quede a salvo en nuestro imaginario personal. Eliot proyecta su mirada en Grant, atendiendo a lo esencial, sin ignorar quizá el atractivo de su personaje para cualquier cotilla, pero cuando no da respuesta directa al lector le entrega los materiales oportunos para que con elegancia se conteste a sí mismo. Nunca me interesó, por ejemplo, saber si Grant era homosexual o no, y a pesar de que podían darse circunstancias en su vida de cuyo mero relato pudiera deducirse fácilmente que sí lo era, lo que me importaría ahora, en todo caso, es saber hasta qué punto sus fracasos en la lucha por encontrar el amor tuvieron que ver con eso. Y más por conocer el mundo que le tocó vivir que por conocerle a él. No fue un Hollywood fácil el suyo, fue el Hollywood que tuvo a Chaplin por antiamericano, inmoral y comunista, y a Ingrid Bergman por adultera, y al que le hubiera venido muy bien tener a Grant por homosexual, ya que después de la guerra defendió a Chaplin y a Bergman y fue acusado seriamente de encontrarse demasiado a la izquierda. Afortunadamente, no faltan en la biografía de Eliot motivos para confirmar que así era. Pero si por algo me importa tener en cuenta en qué medida el miedo que sentía a ser considerado homosexual lo atormentó ciertamente es porque ese miedo no era ajeno a su complicada relación con las mujeres, ni sus reiterados fracasos en la relación con ellas se pueden desvincular de la tragedia de su madre, a la que dio por muerta cuando sólo tenía diez años y de la que supo, veinte años después, que no sólo estaba viva sino encerrada en un manicomio. Una experiencia tan dramática como ésa marca una vida de la que el alcohol y las drogas no contribuyen a otra cosa que a deformar el espejo de la vida. Retrato de un narciso, desconcertado ante ese espejo, esta biografía es la descripción de un laberinto de la infelicidad, lleno de riesgos, sobresaltos e inseguridades. La confirmación de las tribulaciones de quien al mirarse a su propio espejo encuentra a otro y en lugar de despedirlo, o romper el espejo, decide convivir con él, alimentarlo, y esperar a que algún día su verdadero rostro pueda verse en ese mismo espejo. Pero eso es lo que hace más o menos parecidas unas a otras las biografías de los artistas. En la escrita por Eliot, el autor especula, como casi todo biógrafo, pero creo que con equilibrio, como los mejores biógrafos.