JUAN ANTONIO BLAY
Dejémonos de zarandajas. A este partido le queda lo que le queda y aquí todo quisqui está a lo que está: fijar posiciones lo más firmes posible porque la contienda va a ser a cara de perro. O tú o yo. Ni el drama del asesinato de dos agentes de la Guardia Civil, ni la celebración de un aniversario más de la sacrosanta Constitución -un texto que necesita urgentemente una revisión a fondo de los bajos- ha servido para que el sentido común entre en las entendederas de quienes están empeñados en mantener las espadas en alto a toda costa. Así es que todo el mundo va a tener que estar preparado para ver acontecimientos nunca antes vistos. A la legislatura le restan dos plenos antes de su disolución. El de esta semana es de mero trámite, salvo complicaciones de última hora en la sesión de control al Gobierno el miércoles, la última en estado puro, ya que a la semana siguiente todo estará pendiente del cara a cara, esta vez sí que el último en el hemiciclo, entre Zapatero y Rajoy a cuenta del Consejo Europeo de la UE de Lisboa. Y de la aprobación -o no- de los presupuestos el día 20.
Ese día se producirá la última sesión televisada en directo de la legislatura con dos atracciones: el resultado de la votación presupuestaria -ojo, que el proyecto puede venir con veto del Senado (el portavoz socialista, Joan Lerma, está sudando tinta china estos días, en un trabajo tan callado como encomiable) que añade complicaciones- y la frase que pueda pronunciar el presidente Marín a la hora de levantar la sesión. Hay apuestas: unos dicen que pronunciará las palabras de rigor, sin ningún añadido, mientras que otros apuestan por una sentencia para la historia. Por si acaso, el veterano Manuel Marín ya dijo el pasado jueves aquello de ¡por favor!, una y no más, apelando por enésima vez al consenso y al sentido de la medida -Rajoy aseguró que no se sentía en absoluto aludido-, dos actitudes que han brillado por su reiterada ausencia en el debate político de esta legislatura desde la misma noche del 14-M del año 2004. Más allá de las elegantes puestas en escena que unos y otros preparen para estos días de despedida, que las habrá, todos van a tener la misma obsesión: insistir en remarcar sus respectivas posiciones.
A partir de ahí, ya sin el encorsetado escenario del hemiciclo y pasillos parlamentarios, comenzará el tiempo de la barra libre: ofertas de todo tipo y asaltos a los medios de comunicación para ocupar páginas en los periódicos, minutos en las radios y tiempos de prime time en las televisiones. Los verbos surgirán ágiles y floridos, saturados de anuncios de parajes paradisíacos y de escenarios apocalípticos. En realidad, nada nuevo ante una campaña electoral que culminará en una jornada de comicios que se presenta con aroma previsible pero con un resultado que suscita la lógica curiosidad en estos casos. La incógnita que queda por despejar en esta recta final electoral no es tanto el contenido que presente cada cual como la forma con la que lo hagan. Todo a punto, justo ahora, que la pugna va a estar en captar la atención, y el voto, del sector moderado de la ciudadanía después de una legislatura sometida a escenas inolvidables para la historia político-parlamentaria. En fin, habrá que estar atentos a la pantalla porque hay inercias que son difíciles de detener y caballos desbocados imposibles de frenar a tiempo sus carreras.