EMILI PIERA
La izquierda no debería copiar la hipocresía que, de modo sumario, se atribuye a la derecha y no fingir que le preocupa el futuro de la Iglesia Católica. Si los obispos, en general, se identifican tanto con el programa del PP, será porque saben lo que les conviene aunque, como todos, conozcan los desgarros que causa la atracción bipolar entre las ventajas tácticas y los posibles errores estratégicos. Mi amigo el cura rebotado (y fallecido), José Luis Bernabeu, peleó en la iglesia de los pobres como confesor de presidiarios, consuelo de suicidas vocacionales, aliento de pescadores de Barbate y padrino de doncellas feas y sin dote. Lo hizo hasta que se sintió abandonado por Dios, es decir por el entusiasmo, y entonces practicó una forma muy rara de descreimiento en su minúscula casa tachonada de oraciones de San Francisco de Asís. José Luis nunca quiso hacer públicas sus discrepancias con la jerarquía: «Sólo lograría crear otra secta protestante», decía
La Iglesia Católica vive desde los jesuitas la pasión de reformarse sin romper con la dirección de un solo hombre y una sola línea doctrinal. No quiero ofender a nadie, pero eso ya lo intentaron los soviéticos y el que se lo propuso en serio -Gorbachov-, disolvió la fortaleza comunista. Por supuesto, los jesuitas son más inteligentes que Lenin (y no digamos Jruschov), pero eso no significa que la tarea sea superior a sus fuerzas: lo que no puede ser, no puede ser y, además, es imposible.
A mí no me importa que el catolicismo se convierta en otra corriente protestante, es más, no le veo otra salida y lo deseo de verdad: andarían más sueltos. La obediencia no es una escuela de humildad: sólo sirve para aprender a mandar. El corazón siempre podrá más que el obispo y la verdad se revela, si eres lo bastante bueno para no hacer trampas, con un timbre peculiar en cada conciencia. Creo que eso se llama libre examen y es lo que viene aplazando Roma desde hace cinco siglos.
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