PEDRO DE SILVA
De una hipoteca, al final, responde el deudor con la propia carne, que ha de sacar energías bastantes para generar moneda de curso legal con que pagarla. O sea, la carne es el verdadero aval, y la hipoteca, por tanto, carne-aval. A su vez, el peso de esa carga sobre la carne, y el drenaje de energía, dan lugar a que la libido se retraiga, atenazada por la productividad exigida al cuerpo y por la angustia de afrontarla, pues la carne da de sí lo que da, y lo que haya de dar para el débito hipotecario deja de darse, o se resta, de otros más gratos débitos. Así se llega, bajo la cultura de la hipoteca, al inexorable entierro de la sardina. Viene luego el largo período de cuaresma, de abstinencia de goces carnales y de la ingesta de carne. Cuando, treinta o cuarenta años más tarde, llega para el hipotecado la resurrección (si es que el hipotecado llega), de la sardina sólo queda la raspa.