El Villarreal sumó ayer su sexto encuentro sin victoria, circunstancia que le mantiene en el penúltimo puesto con tan sólo dos puntos en su haber. Comenzó el submarino con fuerza, mentalizado de que es posible volver a rendir como antes. Las ocasiones, sin alardes de juego, llegaron a la portería del Espanyol, pero volvió a faltar el acierto para decidir. La segunda mitad, en la que los blanquiazules debían acusar la expulsión de Forlín en el minuto 14, no resultó lo esperado. El Villarreal se diluyó y acabó desquiciado sin saber como articular su juego. El Espanyol, por su lado, se encerró atrás y apostó por un punto.
Valverde dispuso como principal novedad en el once titular a Pirès. El centrocampista galo cumplía ayer su partido número cien con el equipo de la Plana Baixa y tenía la responsabilidad de aportar su experiencia para que el equipo lograra el primer triunfo de la temporada. Era cuestión de todos, de equipo, por ello los segundos previos al inicio del partido se caracterizaron por los abrazos y mensajes de ánimo entre los propios protagonistas. Buena señal.
Y comenzó el encuentro con un Villarreal dispuesto a llevar la iniciativa. Venta ocupaba el carril diestro en una defensa clásica con la vuelta de Godín y con Nilmar y Rossi en ataque. Pero pese a llevar el peso del juego, las ocasiones no llegaban claras para los locales. De hecho, el gran primer susto de la tarde fue para los amarillos, en un remate de Eguren al travesaño de su propia portería al poner la cabeza en el saque de un córner por parte del Espanyol. Diego López no había salido y el uruguayo tuvo que improvisar una solución. Superada esta acción, el partido se presentaba con mejor cara, al ser expulsado Forlín a los catorce minutos por derribar a Rossi. Comenzó la falta fuera del área y acabó dentro, pero inmersos en la línea arbitral que le está tocando sufrir al equipo que entrena Valverde, el colegiado mostró la roja directa al defensor y la falta fuera del gran rectángulo. La botó Senna, la paró Kameni.
Hasta tres ocasiones más tuvo el Villarreal en este período para anotar. La primera en una acción de Rossi, quien sigue negado ante la portería contraria. La segunda se produjo en un lanzamiento de Cazorla desde fuera del área y, la tercera, en un mano a mano clarísimo de Pirès, quien acabó estrellando el cuero contra el cuerpo de Kameni.
Decepcionante segunda mitad
Llegado el momento del descanso, la esperanza de que el Espanyol pagara su esfuerzo físico en el segundo tiempo y permitiera ceder algunos espacios se convirtió en una quimera. Bajó el pistón el submarino y de qué manera, hasta el extremo de que Gonzalo y Godín se convirtieron en los improvisados organizadores del juego local. Demasiadas imprudencias, pues ni los balones llegaban donde se pretendía y, además, la defensa quedaba desguarnecida para servir en bandeja los contragolpes de un Espanyol que renunciaba prácticamente hasta eso con tal de no volver de vacío de Vila-real.
Entraron los amarillos en una fase peligrosa, donde se veía a los futbolistas desquiciados y tratando de arreglar la situación mediante embestidas de rabia individuales, tan poco útiles, en definitiva, en un juego de conjunto. Eran intentos a la desesperada. No es que los jugadores amarillos no quisiesen, pero no encontraban la fórmula que les permitiera cambiar el sino.
En todo este desaguisado, dos fallos primordiales. Uno, no buscar más el lanzamiento a portería contraria desde la distancia, pues el adversario está literalmente encerrado en su terreno. Y dos, dejar en manos de la defensa la salida del cuero. El juego del Villarreal era horizontal pero poco vertical, lo que facilitaba la defensa de un Espanyol, que fomentaba –era esperado– la pérdida de tiempo y las faltas permanentes si era necesario. Con el paso de los minutos aumentó la tensión y la descoordinación. Valverde lo probó todo e introdujo a Pereira, Llorente y Cani. Los dos primeros salieron con motivación. El gallego protagonizó algunos lanzamientos a portería y el vasco peleó como siempre para recibir el balón, cosa que era complicada cuando los catalanes tenían medio equipo metido en el rectángulo grande. Cani pasó desapercibido entre las líneas.
Y entre nervios, imprecisiones y pocas acciones de ataque se llegó al final de un encuentro que no agradó a nadie –salvo al Espanyol– y del que el único consuelo es no haber perdido. Pero esto continúa y habrá que apretarse los machos.