El 17 de julio de 1936 estallaba la Guerra Civil española. A finales del año 1937 la ocupación de Castelló ya era una realidad. El ruido de los aviones, las alarmas y los bombardeos hicieron que la gente buscara un lugar donde refugiarse. Hasta el mes de marzo de 1937 no hay ninguna referencia de los refugios de la guerra. Según explica Joan Miguel Palomar, miembro del Grup per la Recerca de la Memòria Històrica de Castelló, el bombardeo del 23 de marzo del 37 es el detonante que hará que las autoridades castellonenses empiecen a preocuparse.
Es en este momento cuando la Junta de Defensa Pasiva (entidad formada por funcionarios civiles y militares) se prepara para la defensa de los ataques aéreos. Este organismo, filial de la DECA (Defensa Especial Contra Aeronaves) y que recibe ayuda del Estado, es el encargado de organizar en cada distrito un puesto de socorro y definir cómo serán los refugios.
Se establece que los refugios han de construirse en terrenos compactos y resistentes sin peligro de filtraciones. Además, se situarán en plazas y calles amplias como por ejemplo, en la plaza de la Independencia o Santa Clara de Castelló. La Junta de Defensa Pasiva también detalló algunos datos técnicos como las medidas, la instalación de aparatos de ventilación y generadores y que se utilizara pavimento de hormigón por su eficacia ante las bombas de los aviones. En general, los refugios se prepararon para recibir entre 100 y 200 personas.
En un principio, la iniciativa pública pretendía abarcar toda Castelló pero la falta del numerario y el avance incesante de la guerra frenaron los propósitos. De esta manera, y según detalla Palomar, además de los refugios públicos, los vecinos, con un pico y una pala, excavaron el suelo haciendo el refugio en su propia casa. Los largos pasadizos permitieron comunicar los refugios que formaron todo un mundo soterrado de entradas y salidas, toda una guarida bajo las bombas. La mayoría de los refugios que se construyeron fueron privados (unos 237) frente a los 43 públicos, según fuentes consultadas.
Los refugios públicos eran galerías subterráneas excepto siete de ellos que eran de cemento armado. Los más grandes eran de 1.000 personas y se situan en la plaza Mayor, Sixto Cámara, Clavé, San Roque, Teodoro Izquierdo, Navarra, plaza Cuartel (ahora avenida País Valencià), Fola, Governador, plaza Tetuán, Independencia, Félix Breva y Vilarroig Temprado.
Los privados
Los vecinos que decidieron hacer su refugio particular también tuvieron que seguir unas directrices oficiales. Estaban obligados a presentar el plano que a su vez debía tener la aprobación del arquitecto municipal. Se tenían que construir próximos a diversos familiares y con escaleras de entrada en la misma casa. En el caso de los escondites privados, éstos tenían una capacidad inferior con respecto a los públicos y oscilaba entre los 20 y 150 personas, excepto en la calle Dolores Ibárruri –actual calle Caballeros– que era para 350 personas.
El principal problema de los refugios eran las aglomeraciones. Para lograr una cierta organización se establecieron disposiciones para que la gente siguiera instrucciones. Por ejemplo, al ruido de la sirena tenían que trasladarse al refugio pero la gente esperaba el ruido de los aviones y era entonces cuando se producían grandes aglomeraciones. Para intentar solucionar este problema se creó una guardia de vigilancia a cargo del 104 Batalló. Otro problema era el amontonamiento de tierra en la calle y en los accesos del refugio. Se fomentaron campañas de limpieza pero el problema se agravaba a medida que aumentaban los bombardeos. Las calles se llenaban de escombros y era difícil la circulación.
El interior se iluminaba con linternas de aceite y sebo. Algunos refugios tenían perchas de pared de piedra para colocar las herramientas domésticas como botellas, platos o vasos. Otros, la mayoría de ellos, tenían sillas, ropa para cambiarse pero estaba prohibido pernoctar. También se prohibía fumar y se daba preferencia de entrada a las mujeres y a los niños. Había quejas de poca vigilancia y se pidieron ayudas económicas para su mantenimiento.
Si la alerta se prolongaba había problemas de asfixia que se solucionaron instalando sistemas de ventilación como las chimeneas de Santa Clara. Parece que primó la armonía entre la gente del refugio y los túneles eran escenario de juegos de niños mientras acababa la alarma.
Financiación
En junio de 1937 la Junta de Defensa proyecta la construcción de 250 refugios que deberían acoger 37.000 personas y que costarían 10 millones de pesetas. El objetivo era proteger la población castellonense con la proyección de refugios para 100 y 200 personas. Para conseguir el dinero se hicieron subscripciones en una cuenta de donativos y se creó un cuerpo de voluntarios.
Para financiar las obras establecieron un impuesto de un día por mes o el 3,5% del jornal mensual. Además, se pidió un préstamo a la banca privada de medio millón de pesetas y que dio la Caixa d´Estalvis. Para la construcción se dedicaron días de trabajo o jornal y se aprovechó la mano de obra de los presos como en Santa Clara.