NACHO MARTÍN
Rostros bien afeitados con reloj de marca y ropa respetable –cuando no elegante– entrando en el portal de un edificio respetable en una calle cualquiera de un barrio respetable del centro de Castelló ...
Los clientes de la prostitución no siempre pueden identificarse por el hábito, y mucho menos por el barrio en el que éstos compran los servicios sexuales, cuando no el alma, de alguna joven que en la mayor parte de los casos trabaja sometida a redes de explotación sexual.
La existencia de este tipo de actividades en pleno centro de la ciudad se percibe por detalles que cada día pasan desapercibidos para cientos de viandantes, aunque no tanto para los vecinos que son testigo del incesante devenir de visitas y de alguna que otra escucha indiscreta entre paredes.
En muchas ocasiones se mantiene la cuestión como un secreto tabú a voces, pero en ocasiones la sensibilidad de los vecinos o las molestias ocasionadas provocan una reacción ciudadana en cadena. Y esto es precisamente lo que sucedió en la última sesión del Consejo de Distrito Centro, en el cual los vecinos denunciaron la existencia de dos casas de citas camufladas en bloques situados en pleno centro de Castelló, en las calles Obispo Climent y Herrero –paradójicamente una de las zonas más conservadoras de la capital de la Plana–.
No era la primera vez, dado que algunos ciudadanos ya habían remitido escritos de protesta al ayuntamiento. La respuesta a las dos quejas llegó de la mano del concejal Miguel Ángel Mulet, quien les informó de que se trata de un tema que se escapa de las competencias municipales, aunque se comprometió a intensificar la vigilancia de la Policía Local en la zona.
Además, según consta en el acta oficial del Consejo de Distrito Centro, Mulet se permitió ofrecer una serie de recomendaciones al vecindario de la zona centro de la ciudad. «Sería conveniente sensibilizar al vecindario para que no alquile sus inmuebles para estos menesteres. Y hay que denunciar las obras que se ejecutan sin licencia».
La respuesta del concejal no dejó completamente satisfechos a los residentes de ambos barrios, que día a día se enfrentan a escenas que les incomodan; en ocasiones por cuestiones de inseguridad o por el mal ejemplo para sus hijos, en otras por simple convicción moral.
De uno u otro modo, las denuncias consecutivas de estos dos vecinos ponen en evidencia que la prostitución no es un coto exclusivo de las sombras del Caminás y que en pleno centro de la ciudad deambulan cada día clientes que mantienen vivo el negocio del comercio sexual dispuestos a pagar por la caricia fugaz de una mujer anónima.