JAVIER CUERVO OVIEDO
A los 67 años, enfermo, sin dinero y vapuleado por una sucesión de acontecimientos en los que se encadenaron siete años de cautiverio en Mallorca con su deambular político y geográfico por la España invadida por los franceses, Gaspar Melchor de Jovellanos pasó desde el 14 de abril hasta el 7 de julio de 1811 en la Granja de Ortigueira, acogido por los marqueses de Santa Cruz de Rivadulla. Quién le iba a decir al ilustrado reformista (Gijón, 1744-Navia, 1811) que su obra y su vida iba a ser objeto de estudio, 200 años después, por un ex general golpista, Alfonso Armada (Madrid, 1920), el hombre que, según los jueces estaba destinado a ser el presidente del Gobierno si la intentona del 23-F de 1981 hubiese fructificado.
El pazo de Ortigueira, situado a una veintena de kilómetros al sur de Santiago de Compostela, en el límite entre A Coruña y Pontevedra, hoy es propiedad del noveno marqués de Santa Cruz de Rivadulla, el citado Alfonso Armada Comyn, que hace 26 años fue condenado por su participación (que él sigue negando) en el intento de golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Armada, que fue indultado en la Navidad de 1988 por razones de salud (después de sufrir una embolia cerebral y serle detectada una cardiopatía) está en forma. Hay que hablarle alto por el oído que conserva, pero anda con soltura, piensa con agilidad, recuerda con nitidez y disfruta de sentido del humor.
El antiguo general y jefe de la secretaría del Rey se adentró en la figura de Jovellanos cuando estaba en la prisión de Alcalá-Meco y se acercó a su obra porque la familia del ilustrado asturiano, sólo cinco años después de la muerte de éste, emparentó con los gallegos Armada.
El militar, con el tiempo que da la prisión y el interés por el linaje, empezó a leer a Jovellanos y sobre Jovellanos para luego estudiarlo en documentos de su familia y recoger los recuerdos orales que le habían llegado.
Aunque por circunstancias muy distintas, Jovellanos también estuvo preso y eso hizo que Armada empatizara más con él. Al ilustrado le castigaron en algunos momentos de su encierro en el castillo de Bellver (Palma de Mallorca) sin papel ni pluma con la que escribir. En otros, pudo formar biblioteca y tener comodidades.
"A mí siempre me dejaron escribir", recuerda Armada, "pero el coronel al frente de la prisión no permitía más libros que los de la biblioteca de la penitenciaría, que eran tebeos, y no más de uno cada vez. Hablé con el capitán general de Madrid y me dejó tener cuantos libros quisiera. Un carpintero de aquí me hizo una estantería. Llegué a tener mil y pico libros en prisión. Los jovellanistas me enviaron obras, pero la mayoría de volúmenes y documentos eran de mi familia. Sí, en prisión hay consuelos. En verano, el capitán general de Madrid enviaba en su coche un capellán para que pudiera oír la misa diaria, como el resto del año".
Alfonso Armada tenía conocimiento de la estancia de Jovellanos en el pazo de A Coruña porque ese relato formaba parte de las historias familiares. Cuando era niño, 12 años, se lo oyó a su tío abuelo el marqués de Figueroa, quien, a su vez, las había escuchado a su abuelo, Juan Antonio Armada y Guerra, que tenía 16 años cuando el ilustrado gijonés estaba alojado en casa de sus padres. Juanito, como le llamaba Jovellanos, había recibido enseñanzas del intelectual asturiano y acabaría casándose con una sobrina de éste.
Además, Armada tenía las cartas que Jovellanos envió a la marquesa de Rivadulla, Petra Guerra Briones, que fue su anfitriona y protectora. Esas 18 misivas, algunas muy breves, estaban reunidas en un legajo de "papeles importantes sin clasificar" que Armada encontró tras la muerte de su padre cuando heredó el pazo.
La relación del ilustrado con los dueños de la Granja de Ortigueira comenzó por la mala salud de Jovellanos, quien confiaba en que la leche de burra le quitase la tos que le consumía. El escritor y político, que formaba parte de la Junta Central -el órgano de poder del Estado durante la ocupación napoleónica-, se había visto obligado a refugiarse en Muros (A Coruña) por un temporal cuando viajaba de Cádiz a Asturias. Desde allí escribió a la marquesa de Santa Cruz y se trasladó al pazo para una cura que debía ser de nueve días. Permaneció más de 50 de aquella primavera. En otoño murió.
Un productor de camelias internacional en un pazo monumental
Alfonso Armada, noveno marqués de Santa Cruz de Rivadulla, heredó el pazo a la muerte de su padre, en diciembre de 1973. El conjunto fue declarado monumento nacional en 2001. Sus jardines, que permiten también ver el exterior de la vivienda, se pueden visitar con horarios bastante amplios.
La Granja de Ortigueira es conocida por los botánicos por la riqueza y diversidad de sus flores. Su vivero de plantas ornamentales tiene gardenias, azaleas, jazmines, mimosas, pero, sobre todo, es un importante productor de camelias, 100.000 ejemplares al año, que vende en España, Francia, Inglaterra... Tiene más de quinientos olivos, muchos de ellos centenarios. Desde la salida de Alcalá-Meco, Alfonso Armada ha dedicado más tiempo a la explotación.
El ex militar se define como un modesto empresario. Pasa en su propiedad de Vedra los largos veranos que van de junio a septiembre, cuando va acudiendo al lugar su extensa familia. El resto del año, domiciliado en Madrid, acude al menos una vez al mes a sus dominios en Galicia. El ex militar tiene un nieto en el Ejército. Uno entre veinticinco.