TERESA DOMÍNGUEZ VALENCIA
La historia se ha vuelto a repetir. Apenas dos semanas después de que se entregara el último atracador ocasional, un hombre se presentó en la comisaría de Exposición, en Valencia, y anunció que deseaba confesar el asalto a una farmacia cometido días antes. Como sus predecesores, alegó estrecheces económicas para justificar su acción. Pero ocultó parte de la información: la confesión incluía un único asalto; la policía acabó demostrándole otro más cometido un día antes en el mismo distrito, el de Marítim.
Su primer atraco -carece de antecedentes, como todos los ladrones confesos que se han entregado tras arrepentirse de haber optado por el robo como salida desesperada a su precaria situación económica- lo cometió el pasado día 3. Entró a las ocho y media de la tarde en una farmacia del barrio de Ayora, sacó "un machete y nos pidió el dinero. Le dí los billetes y entonces me dijo que le entregara también las monedas", explica una de las empleadas que sufrió el asalto.
Después, se encaminó a la puerta y, antes de salir, se giró y se disculpó: "Lo siento, pero necesito el dinero para dar de comer a mis hijos". Luego, se fue. El ladrón "no fue violento" y el robo no duró más de "dos minutos", afirma la testigo.
Un día después repitió, pero esta vez su objetivo fue una farmacia del barrio del Grao. Eran las cuatro de la tarde "y no había clientes, sólo tres empleadas, a las que amenazó con un cuchillo", explica el dueño.
Esta vez ya no buscó el perdón. "Le pidió el dinero a una de las chicas y ella le respondió que había po?co, a lo que él contestó que le daba igual. Cuando se lo estaba dando, la dependienta le advirtió que la policía estaba a punto de llegar porque ya la habían avisado, y él respondió que le daba igual que llamasen a la policía". Tras coger el efectivo, se fue.
Tres días después, a las ocho de la mañana del sábado, se presentó en la comisaría y anunció que quería entregarse. El dinero no ha sido recuperado.