Efe
Hasta ahora, el Papa Ratzinger ha celebrado cuatro ceremonias de canonizaciones, tres en el Vaticano y una en Brasil, en mayo pasado cuando proclamó santo a frei Galvao, el primero brasileño.
Entre los santos latinoamericanos proclamados por el Papa Ratzinger también está el chileno Alberto Hurtado Cruchaga (1901-1952) y el obispo mexicano de Veracruz, Rafael Guízar Valencia (1878-1938).
Hasta el momento no ha proclamado ningún santo español.
Benedicto XVI ha retomado la costumbre de los papas de oficiar sólo canonizaciones, dejando las beatificaciones al Prefecto de la Congregación de la Causa de los Santos, actualmente el cardenal José Saraiva Martins.
En este tiempo han sido ya beatificados 559 beatos, en 36 ceremonias, cinco en el Vaticano, doce en Italia y 19 en el resto del mundo.
La gran mayoría son españoles, entre ellos 539 mártires del siglo XX, es decir asesinados en los convulsos años de la década de los 30 del pasado siglo, especialmente en 1934 y 1936-39, durante la Guerra Civil española.
La costumbre es que las beatificaciones se celebren en el lugar de origen o donde vivió el futuro beato, una vez que para estos casos la Iglesia concede el culto local y no el universal, como al santo.
El camino hacia la santidad tiene tres escalones: el primero es Venerable Siervo de Dios, el segundo Beato y el tercero Santo.
Venerable Siervo de Dios es el título que se da a una persona muerta a la que se reconoce haber vivido las virtudes cristianas de manera heroica.
Para que un Siervo de Dios sea beatificado es necesario que se haya producido un milagro debido a su intercesión y para que sea canonizado (santo) es necesario un segundo milagro. Ese segundo milagro debe ocurrir después de ser proclamado beato.
En el caso de martirio, es decir, aquellos que murieron por no renunciar a la fe católica, no es necesario milagro para ser beatificados, pero sí es obligatorio el milagro para ser canonizado.
Para la Iglesia Católica es mártir quien da la vida por Cristo, quien es testimonio de fe. No se considera mártir a quien la haya dado por un ideal, aunque sea noble.
Según la normativa de la Iglesia, sólo la canonización implica la autoridad del Papa.
Y es que la proclamación de un santo es diferente a la de un beato y uno de los actos más importantes del Papa, ya que en él se acepta la infalibilidad del Pontífice, pues la persona que presenta como santo es un cúmulo de virtudes, ejemplo a seguir para todos.
La Iglesia admite para el beato el "culto privado", es decir en la zona donde nació o ejerció su labor, mientras que al santo se le reconoce el culto universal y es modelo público para todos los creyentes.