Mónica Ros, Valencia La feria de Valencia arrancó ayer con fuerza. Los vecinos acudieron al nuevo recinto ubicado junto a la playa, frente al paseo Neptuno, para disfrutar de las más de 140 atracciones distribuidas junto a la zona de Blocs-Platja del Cabanyal, lo que ha obligado a los feriantes a apagar la música a las 23 horas. Sin embargo, para ellos, esto « tampoco supone tanto porque hay otras comunidades autónomas que ya aplicaban esta norma. Nuestra intención no es molestar a nadie. Queremos que los vecinos estén contentos y hay que tener en cuenta que la de Valencia es una de las ferias más grandes de España », comentan Francisco y Josué, padre e hijo, y propietarios del Revolution . Afirman, como la mayoría de los feriantes « de toda la vida » que la ubicación de la Alameda « era la mejor » y que, junto a la playa, « estamos algo apretados ». Sin embargo, casi ninguno se queja y todos esperan que la feria « vaya bien » y eso « no lo sabremos hasta el final ».
Entre los visitantes que acudieron ayer a la feria destacaban las familias con niños y los inmigrantes. Mª Carmen, vecina de Valencia, es buen ejemplo de ello. La mayor de sus hijas, de 13 años, estaba montada en la Olla -2,50 euros cada viaje- mientras ella y la pequeña, de 10 años, esperaban pacientemente. « Les encanta la feria. Esté donde esté vengo igual. ¡No me queda más remedio! », comenta. Además, asegura que en poco más de dos horas se gasta 50 euros y que casi todo « ha subido unos 50 céntimos. Si vienes te gastas un dineral, eso lo sabes de antemano ». Sorteos gratis en las tómbolas Los feriantes, sin embargo, niegan la subida de precios, sobre todo en las atracciones más grandes o tradicionales como la Montaña rusa , la Noria monumental o el Gran Prix (todas a 3 euros el ticket) porque « no podemos incrementarlos, no conviene ». Y para convocar al personal, sorteos gratis en las tómbolas con regalos de peluches incluido.
Pasear por el recinto ferial implica disfrutar de un ambiente diferente donde los hombres (en su mayoría) se pasan horas hasta que consiguen regalarle « a su chica » el peluche que ella quiere, para luego comerse una panoja de maíz