Una vida sin gluten

Bénédicte Barail cuenta en primera persona cómo se organizan desde que su hija fue diagnosticada de celiaquía latente

21.07.2014 | 02:11

Ser celíaco o tener un familiar que sufra esta enfermedad te cambia la vida. Comprar en tiendas especializadas, viajar siempre con un "tupper" o comprobar cómo se manipulan los alimentos son algunas de las cuestiones a tener en cuenta en el día a día.

Es el caso de Bénédicte Barail, madre de una niña que ahora tiene seis años y que fue diagnosticada de celiaquía latente. "Nosotros nos enteramos por casualidad cuando mi hija tenía dos años. Ella tenía un carácter muy fuerte e irascible y, como estábamos preocupados, hablamos con el pediatra para que nos derivara a un psicólogo. Pero fue entrar a la consulta de la psiquiatra (es el paso previo a fijar las sesiones con el psicólogo) y la doctora nos dijo nada más ver a mi hija que era celíaca", recuerda Benedicte.

Solo con verle la forma de la tripa (más abultada de lo normal), su palidez y las ojeras que presentaba la niña fue suficiente para aconsejar que se realizara las pruebas de anticuerpos para evaluar la dolencia. Dicho y hecho. Las pruebas dieron positivo y, posteriormente, la niña fue sometida a una biopsia intestinal, con la que se confirmó que sufría celiaquía pero en un grado latente, es decir, que no llegaba a los límites establecidos para diagnosticarla como celíaca.

A partir de ahí, y después de algunas desavenencias con los médicos, Bénédicte optó por "no darle ni un gramo de gluten" a su hija y la mejoría llegó casi de forma inmediata. "Mi hija lleva dos años sin tomar gluten y es una niña sana, que está creciendo fenomenal y cuyo carácter, aunque sigue siendo fuerte, se ha suavizado. El problema era que tenía un carácter infernal por el dolor permanente que sufría, pero ahora eso ya ha cambiado", explica.

Pero, ¿cómo es el día a día de Bénédicte y su hija? Ellas, al igual que todos los celíacos, tienen muchos problemas a la hora de hacer la compra. Sí es cierto que cada vez más los comercios están ampliando su oferta de alimentos sin gluten, pero aun así las personas que sufren celiaquía tienen que buscar en Internet y comprar en determinados comercios. O comprar en los habituales pero leer con mucho detalle todas las etiquetas de los productos y entonces el tiempo de compra se alarga.

"Hay que ir buscando en distintas tiendas y no puedes hacer la compra en una sola. Antes teníamos muchos problemas para encontrar cosas, pero ahora sí que es verdad que hay más sitios donde se pueden obtener este tipo de productos o muchos van etiquetados, lo que facilita mucho hacer la compra. Pero no menos cierto es que a veces los alimentos que comercializan no están demasiado buenos, así que yo he optado directamente por hacer muchas de ellas en casa y así, de paso, me aseguro que no contenga ni un gramo de gluten ni tampoco ningún tipo de colorante", añade.

A eso se le suma el hecho de que los productos sin gluten son más caros, lo que supone un gran desembolso para las familias. "En algunas comunidades autónomas dan ayudas a las familias con algún miembro celíaco, pero en mi caso sería complicado cobrarlas porque mi hija solo está diagnosticada como latente", justifica.

El día a día en casa parece estar resuelto con un poco de esfuerzo, controlando en cada momento cómo y dónde se cocinan determinados productos, y con mucha concienciación. Pero cuando se sale a cenar a un restaurante o se va de viaje el esfuerzo se incrementa. En este sentido, Bénédicte reconoce que "si vamos de viaje suelo llevarme comida en tuppers porque, aunque los establecimientos hacen un esfuerzo por ofrecer productos sin gluten, no sabemos del todo si es al cien por ciento. Además, en la celiaquía existe también el problema de la contaminación cruzada (un producto sin gluten no puede estar en contacto con otros productos que sí lo tengan ni con superficies en las que estos se hayan manipulado) y yo en alguna ocasión he entrado en la cocina de un restaurante para ver cómo le hacían un huevo frito a mi hija".

La celiaquía pueden sufrirla tanto adultos como niños. Cada caso debe ser tratado con detenimiento, pero en los adultos, si no se trata bien, a la larga puede derivar en problemas mucho más graves. "En nuestro caso, como mi hija es una niña, le hacemos ver que no le prohibimos comer determinadas cosas sino que se las sustituimos por otras que están igual de buenas. Buscamos productos y alternativas para que ella no se sienta discriminada, y la verdad es que ella se ha adaptado a la perfección porque sabe que, si no lo cumple, lo pasa mal. Es muy responsable en ese sentido", concluye Bénédicte.

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