05 de junio de 2016
05.06.2016

la soflama incesante

04.06.2016 | 23:47
la soflama incesante

Sorprende que la habitual fraseología del PP siga colonizando ciertas empresas de comunicación locales como si respondiese a razones de interés público más que a un discurso pseudopolítico que rehúye los argumentos y ha optado descaradamente por la estrategia de la tensión. Esa soflama incesante, mantenida a coro por los cabecillas locales del partido y aireada por los medios afines, se produce con una saña inversamente proporcional a su utilidad cívica.

Aunque a la gente no le sirva absolutamente para nada, el ruido político sigue encontrando un amplio acomodo informativo, y cada vez que eso ocurre algunos se frotan las manos antes de volver a poner en marcha lo que Umberto Eco llamaba «la máquina del fango».

El primer objetivo de la máquina del fango local es la deslegitimación del pacto de gobierno sobre el supuesto de que los partidos que lo integran habrían obtenido con amaños innobles «lo que no han logrado en las urnas». Según los populares, aunque la aritmética del pacto sea inapelable, les asiste una suerte de justicia moral exclusiva que va más allá de la ley en razón de haber sido el partido más votado y que, de paso, condena implícitamente los acuerdos entre partidos como un hecho democráticamente perverso. Da igual que la esencia de la democracia sea precisamente el pacto, como sabe cualquiera, incluido el PP, que ha pactado gobiernos nacionales, autonómicos y locales. La consigna incendiaria es, obviamente, que «nos han robado el gobierno».

Otro disparate recurrente -y sin duda el más fangoso- fomenta la idea de que el consistorio debe crear necesariamente empleo y, en consecuencia, el gobierno local ha de ser interpelado periódicamente por sus políticas laborales como si fuese una sucursal del Ministerio. El hecho objetivo de que hoy un ayuntamiento difícilmente puede crear puestos de trabajo y que, durante cuatro años, los generados artificialmente por el gobierno anterior formasen parte de una red clientelar alimentada con dinero público, no inquieta a quienes siguen haciendo de las falsas promesas laborales uno de sus principales caballos de batalla. El grito de guerra es, por supuesto, que «el consistorio no crea empleo».

El tercer infundio incondicional de los manipuladores de la máquina del fango se refiere a la subida de impuestos, originada no en su nefasta gestión económica y el desorbitado aumento de la deuda en 136 millones –según datos del Ministerio de Hacienda– durante sus cuatro años de mandato, sino porque Morant y Milvaques, dos plañideras, no supieron negociar frente a Montoro, como sí supo hacer Torró, quien, lejos de achantarse ante el poderoso ministro, etcétera. Ese relato combina la vejación y el engaño más burdo con el narcisismo patológico y resulta tan cómico e increíble como quienes siguen defendiéndolo sin ningún sentido del ridículo. ¿Y qué? La frase a machacar es que «el nuevo gobierno castiga a los gandienses con el impuestazo».

El cuarto mito de la palabrería impenitente insiste en la «política turística», y parte de una idea muy rumbosa, según la cual es competencia obligada del ayuntamiento montar saraos, festivales y otras acciones «dinamizadoras» en la playa como las que organizaba el PP. Es decir, que el gobierno debe arriesgar el dinero público –el dinero de todos- allí donde no lo hace la iniciativa privada y asumir las pérdidas eventuales con indecible complacencia. Es absurdo, pero no importa. La orden de ataque es que «el gobierno carece de política turística».

Para varias empresas de comunicación locales, esos cuatro casos de evidente falsificación de la realidad -ingredientes habituales la máquina del fango- son expresiones normales de la disputa política, y merecen ser divulgadas porque todas las opiniones, según ellos, son respetables. Pero esa es otra falsedad. Ni todas las opiniones son respetables (para empezar no lo son aquellas que deben apoyarse en hechos pero no lo hacen) ni la función del periodismo consiste en transformar una práctica socialmente necesaria en una profesión tan inútil para la ciudadanía como la soflama incesante a la que, respetuosamente, dan amplia cobertura y legitiman.

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